domingo, 20 de enero de 2008

CUESTIÓN DE CAZADORES

Entre cuatro soldados lo llevaron hasta el patio del sufrimiento. Las miradas que esos hombres le metieron en los ojos hicieron que recordase al mismo demonio verde que se le aparecía en la jungla.
Luego de arrastrarle por unos minutos en ese terreno lleno de gravas filosas, lo amarraron de pies y manos frente a un poste de madera empotrado en medio de ese enorme lugar.
Había oído lo que se decía de ese recinto amurallado, sin embargo pese a las advertencias, él aseguraba que los cuentos eran nada más que para escucharlos, las plumas y los trofeos de guerra que orgullosamente colgaban en su cabeza dejaban ver que era un hombre valiente.
Desde un subterráneo lleno de pasto para los animales, apareció un obeso enmascarado con un látigo en sus manos. Ciento setenta y siete latigazos fueron a caer sobre su espalda y un millar de gritos que no podía entender. El tibio correr de la sangre por toda su humanidad vino a decirle que quizás no saldría vivo de allí, porque esos hombres estaban realmente enojados con él.
El verdugo se cansó de tanto dar azotes en su contra y eso lo decía el sudor que bajaba por su abdomen. A duras penas lograba ver los ojos desorbitados del tipo que lo azotaba, sintiendo su respiración dificultosa que a ratos parecía la de un moribundo.
-- Debes tener mucho cuidado con este indio. Es muy peligroso. Nadie sabe cómo es que logra escaparse de todos los encierros --, se dijeron entre sí los soldados mientras le metían los grilletes por las manos. Alguien gritó desde lejos que no le perdieran de vista, que era mejor darle un par de vueltas más en el arrastre.
A eso de la media tarde, cuando el tedio se dejó caer en medio de las sombras que se movían a su lado, perdió el conocimiento. Con el abrir de sus ojos pudo darse cuenta que casi muerto ya, lo habían tirado detrás de cientos de sacos llenos de mercaderías marcadas con el sello real del virreinato. Era uno más en esa pila interminable de bultos apretujados.
Sus enormes ojos comenzaron a sufrir la escasa luz de una ventana colmada de barrotes enmohecidos. Las ansias de escapar vinieron a acompañarle en esa oscuridad permanente que se metía por todos lados. Desde allí, intentando alcanzar las alturas del boquete embarrotado, pudo sentir el olor inconfundible de un centenar de caballos transpirados. Eran animales con pocas ganas de ser montados. Los relinchos posteriores le dijeron que esas bestias no podían más, que solo había que dejarlos descansar.
Con el desgano de una larga carrera logró ver el camino de sangre caliente que iba formando charcos en los huecos de las baldosas rotas y nadie para atenderlo, nadie para sanar sus heridas que se hinchaban con ese aire de la descomposición conquistadora junto al frío infinito de una odiosa cacería. Tocó con temor los húmedos muros de la celda de ladrillos, para sentir en sus manos maltratadas como se le pegaba en la piel esa sustancia gelatinosa que salía de las mudas
paredes. Un poco de atención le indicó que el moho oscuro se hacía parte de él ahora, en sus manos que se perdían en los grilletes.
Poco a poco se fue dando cuenta de que no estaba solo. Medio centenar de hombres vestidos con otros ropajes se paseaban delante de él sin mover sus cabezas metálicas para dedicarle una mirada que le trajera un poco de tranquilidad en los pasillos.
Unas ganas de levantarse le fueron apareciendo en las piernas, sin embargo no se podía mover como antes, ni siquiera lograba sentir los músculos de sus brazos marcados por la huida. Había despertado de un profundo sueño con ese dolor de cabeza que le hacía ver muy lejana la selva de los escondrijos. Con la transpiración sanguinolenta aun mojando sus espaldas, pudo mantener abiertos sus ojos, hasta descubrir esos lugares secretos que ninguno de los suyos conociera. Era un sitio lleno de piedras lajadas y cruces esculpidas en muros que iban formando una hilera de signos desconocidos.
Una larga figura con los brazos abiertos se esculpía en lo más alto del lugar.
Nunca antes había sentido tanto miedo de caer en la cacería, nunca antes se había dedicado a pensar en la suerte de los otros, los que desaparecían a eso de la medianoche mientras los perros ladraban en un seguimiento de cuatro días. En esas instancias sólo le quedaba escapar con las manos entumecidas y la piel azulada de tanto cruzar el río y la espalda totalmente descubierta ante los conjuros mortales del encargado de la cacería.
Escondidos debajo de las excavaciones de los brujos y casi sin respirar es que podían ver a los gruesos hombres que bajaban de los barcos acorazados, cargando esas moles de acero que despedían fuego por sus puntas abiertas y que los dejaban tan muertos como los animales viejos.
Ahora estaba exhausto de tanto correr por la vieja espesura de una jungla que conocía de siempre y que no podía olvidar. El par de grilletes se le metían por las muñecas provocando la hinchazón de sus venas, y aún sin saber que pasaría con su vida de guerrero indomable, que no se doblegaba ante las arremetidas de los cientos de hombres enlatados, quienes montados sobre sus caballos sedientos, les acosaban cada cierto tiempo en sus territorios impenetrables.
Alguien les había traído la noticia que eran los encomendados de los dioses quienes harían cambiar todas las cosas para siempre y que las cruces formidables dibujadas en sus pechos, eran los inequívocos símbolos del amor.
Los incendios se le venían a la cabeza como un mar de fuegos malvados que se devoraban a toda la selva de hombres invisibles y sin recordar ahora quien era su padre, ni si los hijos suyos estaban aprendiendo los secretos de la jungla mágica que se tragaba todos los secretos de los valientes. Sintió los pasos del que podía entender era el jefe de esos intrusos sin rostro. Una enorme coraza de acero le fue apareciendo desde todos su ángulos, hasta sentir los aires de su respiración desesperada.
-- Así que tú eres el misterioso indio de las revueltas. Debes saber que desde ahora serás nada más que un trofeo de caza --, dijo con la seguridad de sus hierros sobre la frente.
Abrió la rendija del casco con la punta de su espada hasta que aparecieron los oscuros ojos de un hombre demasiado blanco al encuentro con los suyos. Un dolor intenso se asomó por sus pupilas, un dolor de siglos que le venía devorando los intestinos. Estaba demasiado cercano que podía sentir el latido de su corazón al compás de esos metales esculpidos y la sensación de estar siendo observado por un millar de curiosos. Los dibujos que había pintado en su rostro no lograron asustar al extraño que se movía enfrente.
-- Un tozudo indio que no se rendía y de quien se cuentan tantas historias --, dice con la espada brillando en contra de su casco de lugarteniente español.
Jamás había sentido el rondar tan cercano de un hombre vestido extrañamente con esas latas salidas de otro mundo, quien no dejaba de mirarle en un estudio de sus secretas intenciones, en una siniestra persecución de ojos inmóviles y las ganas imparables de estar muerto.
-- Es el momento de la verdad. Algunos dicen que eres un enigma selvático que nos acongoja desde nuestra llegada. Debes saber que yo soy quien manda ahora –, agrega con las manos sobre su cuello.
-- Es el momento de saber cómo te llamas desgraciado. ¿Lo dirás acaso?. ¿Tienes esa capacidad para decirnos quién eres, y qué pretendes? --, pregunta con los dedos de uñas largas. Y no puede hablar pese a no entender qué es lo que quiere decir en cada palabra de cantos españoles.
Ante esa feroz mirada de pupilas dilatadas, intenta con la canción de los hombres imbatibles que su viejo abuelo le enseñara en los rituales secretos de otros tiempos y va moviendo sus labios en cada tono mágico que debía decir, y otra vez siente esa extraña sensación de estar conociendo el miedo que esos hierros van desprendiendo. El de la coraza dorada no le habla ahora, pese a apretar con mas fuerzas su débil cuello de hombre invisible, cazador de venados, quien encomienda a los dioses a esas criaturas antes de matarlas. Que ellos deben morir sin sentir el dolor, un sueño pequeño y ya.
-- ¿ Qué mierda estás haciendo? --, dice el acero parlante, mientras él se lo va cantando todo, sin titubeos ni palmas húmedas. Un guerrero no debe retroceder, ni llorar en los brazos de una jungla llena de misterios, jungla privilegiada que sabe de sus paraderos, que lo observa desde niño y nuevamente entonar la canción de los guerreros invencibles que no conocen la derrota en la frondosidad de un mundo lleno de peligros.
El hombre de acero se levanta con dificultad hasta llegar a las cajas de madera. Mete su mano en el interior de la más grande. Con lentitud va sacando una larga vara de metal. Nuevamente voltea su cabeza buscando llegar hasta él, mientras intenta hacerle callar de una vez.
-- ¿Quién eres tú realmente?. ¿ Un brujo, o tal vez un emperador?. Dímelo --, repite con los ecos del metal y él sin entender que ese hombre no está cantando como él sus alabanzas de amistad, que las palabras suyas llevan otras intenciones, y que no puede contra esos trescientos caballos desesperados que se revientan en las cercanías y otra vez esas ganas de huir hasta las alturas de los árboles y desaparecer como los seres humanos desnudos de la jungla, quienes nunca aprendieron a cantar como él sabía hacerlo.
Ahora siente el frío contacto del hierro que el acorazado ha provocado al poner esa larga vara en su cabeza.
-- Pues tenemos a un flaco indio revoltoso y nada más. Pese a llevar el rostro pintado no eres más que un animal despreciable que no sabe hacer las reverencias ante su señor. --, dice al momento de mover sus dedos en los agujeros de ese extraño instrumento.
-- No quieres oír. Pues te quedarás sin oreja. Te lo tienes merecido --, dice al momento de cerrar los ojos.
Una explosión de astros le apareció en la cabeza dejándole una absoluta oscuridad que sabe es parte del otro mundo que no conoce y que no quiere conocer aún.
-- Mira en lo que te has convertido ahora, un asustado indio desorejado que se atreve a cantar frente a nosotros.--, le grita mientras puede ver el hilo de sangre bajando por su frente hasta llegar a su boca.
El hombre del casco de acero se levanta con la furia desatada de su raza conquistadora y sacude sus manos del manchón escarlata que ha quedado pegado entre las cruces de sus hierros machacados. Desde arriba le mira nuevamente para señalar con su mano de militar encomendado hasta la puerta de entrada a ese recinto de encierros.
-- Has ensuciado mis galones de la guerra con tu sangre de bestia encerrada. Una puta sangre la tuya. La verdad sea dicha, te queda poco tiempo para las confesiones, indio inconverso --, reitera al momento de abrir la puerta.
-- Tú te lo buscaste desgraciado. No te saldrás con la tuya, que pronto conocerás mis otros modales que traje desde la misma Castilla --, se va repitiendo sin descanso por el corredor seguido por una formación de hombres enlatados.
Ahora en su cabeza la angustia de saber que ese hombre volverá con los duros aires de un castigo interminable y que de nada servirá el truco de hacerse el muerto, que eso no le ayudará ante esos ojos de la invasión.
Desde el zumbido que provocara el disparo de ese varón lleno de metales, ha comenzado a olvidar que se llama Mawouni y que él no es un indio sino un hombre mágico que se pierde en la espesura de la selva cada cierto tiempo sin que nadie pueda encontrarle. Tampoco puede recordar que vive en una aldea de guerreros desnudos, que son respetados por conocer el arte de hacerse invisibles arriba de los árboles, que solo saben cazar animales para su sustento en una aldea de pocas gentes y que desde hace un tiempo deben soportar esa invasión de monstruos enlatados que bajan de sus enormes barcos con sus caballos hasta las cercanías del río en una procesión del infierno. Una larga cabalgata de secuestros incomprensibles y sus mujeres que mueren degolladas luego de ser ultrajadas por esos dedos de acero que buscan las piedras brillantes de sus ríos.
Nunca había sentido correr el odio por sus venas, nunca antes la impotencia de cargar el miedo en sus brazos. Sin embargo desde la noche en que incendiaran la aldea, las cosas han cambiado en el tono castaño de sus ojos.
Un extraño calor le ha bajado hasta su estómago, revolviéndole las tripas con la excitación de una venganza de cientos de años.
Con dolor logra sacar sus manos de los grilletes. Ninguna voz en los pasillos, ninguna luz que le ilumine las manos. Y el placer de sentirse invisible otra vez, allí al lado de la puerta con su cuchillo de cazador eterno, esperando su presa.
Los pasos que se le vienen encima, un crujir de llaves y la puerta que se abre. Un solo hombre es el que ha ingresado hasta la oscuridad, una sola silueta conocida es la que se mueve a su lado.
-- ¿Dónde te has escondido, demonio salvaje?. Te lo advertí, no debías jugar conmigo que traigo un genio del infierno. Siete noches sin dormir en la barraca, y por todas las putas del reino que estoy enojado contigo. --, dice esa histérica voz mientras saca su casco de latas.
Mowuani no se mueve ahora, ni siquiera una pestañeada que le haga aparecer sus largas formas de guerrero invisible de la selva, y ese hombre tan cerca de él que nuevamente puede sentir el grueso respirar de sus narices abiertas. La puerta se cierra poco a poco hasta pintar la oscuridad otra vez y ese extraño ser lleno de cruces en sus latas que va cayendo en una absurda lucha de golpes en el aire, de manos que no puede ver ahora y que siente aferradas en su largo cuello de europeo aventurero. Las criaturas salvajes no deben sufrir en su viaje a la muerte, piensa un hombre invisible en plena oscuridad.
-- Esta selva maldita, me va a robar la vida --, dice el acorazado al sentir el palpitar de la muerte a su alrededor, mientras sus ojos se van quedando fijos en contra de la nada absoluta.
En las afueras alguien escucha el cantar de la selva entre alaridos y monos chillones.

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