Le trajeron al indio sin ninguna ropa en el cuerpo. Desnudo como un animal lleno de aromas a selvas vírgenes y una montonera de caballos transpirados; lo dejaron allí tirado en ese piso del Virreinato. Los otros se quedaron inmóviles en un rito de miradas y bocas cerradas contemplando una visión diferente.
-- ¿ Ordoñez, es cierto lo que dicen ? --, preguntó el que permanecía sentado.
El calor colmado de humedad residual hizo resaltar los músculos del indio entre ataduras y cabezas gachas.
-- Es cierto mi señor, son verdaderos --, dijo el de la coraza de hierro.
El hombre que llevaba atravesada la enorme cruz en su pecho, se levantó con la indignación en sus sienes.
-- Es imposible, no puede ser verdad --, repetía sin descanso.
-- Hemos revisado a todos los indios de esta tribu, mi señor, al parecer este es el único.--, aseguró con el ruido de los cascos en sus oidos.
-- ¿ Existen otras peculiaridades ? --, preguntó ahora.
-- No mi señor, es la única --
Caminó los pasos suficientes hasta llegar al lado del indio. Tomó sus cabellos y los tiró con fuerza, encontrándose con una mirada azul, inocente, casi humana. Apretó sus puños en el desconcierto y se quedó en silencio otra vez. Giró su cuerpo hasta enfrentar al de la armadura de hierro.
-- Sácaselos --, dijo Don Cristóbal mientras pasaba sus manos por la cruz de su pecho.
El hombre de la armadura corrió hasta el lugar del indio, lo tomó con las cuerdas en una atadura siniestra y comenzó a ejecutar la orden de su señor.
Un par de esferas azules cayeron por el piso rodando hasta los pies de Don Cristóbal, haciéndole sentir la inocencia en una mirada de extravíos y santos muertos.
-- Es la confusión animal de esta selva que nos hace dudar; estuve a punto de ver a un hombre frente a mí, si que lo estuve --, dijo mientras aplastaba con sus sandalias los ojos que le miraban desde otros siglos.
domingo, 20 de enero de 2008
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1 comentario:
Bueno muy bueno y fuerte
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