domingo, 27 de enero de 2008

ARRIBA EN EL PARQUE

Conocí a la Flaca un día en que el sol pegaba como los desquiciados sobre los ventanales del restorán. Le crucé un par de miradas matadoras, cuando ella intentaba sacarse la blusa de seda y esperar que una ráfaga de viento le refrescara su espalda. Está haciendo demasiado calor aquí, gritaba como una endemoniada desde el otro lado del vidrio, consígueme hielo que me quemo, dijo por fin.
Era una mujer de hablar Heavy y unos enormes ojos que ponían tieso a quien quisiera mirarla de frente. Les dejaba clarito que no se descuidaran de sus desgracias personales, porque ella tenía escrito el signo de la maldad en sus manos, que era fascista a cagarse, que su papi viajaba a Europa cada dos semanas en un Jumbo de la Avianca y que no la huevearan más por que tenía calor; fue todo lo que dijo esa tarde de brisas radiactivas entre medio del Mall y el restorán. Algo de ella sabía Mariano, dejándome ver que jamás se entregaba a los sentimientos profun­dos, mas bien se le podían confundir sus aires de libertad absoluta que tanto pregonaba en los cuadernos de su bolso colegial con sus ojos de monja extasiada. Le decíamos La Flaca Lucy, todos los que estudiábamos recostados en los asientos en la calle Máximo Lira, llegando a los alrededores de la Plaza Italia, y la verdad es que ese apodo nunca le vino a gustar, pese a que desde todas las barras se lo gritaban con la furia de un barrio maldito, que no se quiere a si mismo, que la odiaban por desalmada y cabrona.
Nadie podía ignorarla cuando se proponía pasar entremedio de los bancos, por que en verdad era imposible el no darse cuenta del detalle suyo que se venía sobre las pupilas de todos los curio­sos. Un par de pechos impresionantes afirmados sobre un sostén enorme, ese era el secreto que no podía guardar y que nunca quiso hacerlo, que se sacaba sus intimidades para luego tirarlas sobre los parabrisas de los automóviles y mostrarles sus pechos a los conductores y que nadie le dijera lo loca que estaba, que les pegaba sus quinientas patadas por el hocico y que se anduvieran con cuidado los culeados, que sacaba un puñal de un santiamén para metérselos hasta la concha.
Siempre había estado soportando ese gran problema de la desigual­dad de sus tetas, y lo decía fumando un cigarrillo de bajos índices, con la mano sobre su vientre deslavado, siempre acariciando el ombligo que dejaba ver un pequeño lunar desde la cremallera del blue jeans.
-- La naturaleza no mas que me cagó --, decía con resignación.
Las ganas de nunca más usar sostenes le estaban provocando una revolución interior, y el tener que aguantar a que su vieja le reiterara el cuento de que estaba harta de oir sus estupideces de un colegio que había abandonado desde Junio, que no entendía el porqué no quería estudiar más, y ella insistiendo con que no soporto al viejo maricón de Inglés que me mira las piernas como un depravado y por último que me mato de un momento a otro si continuai con lo mismo, que lo hago vieja conchetumadre si no me dejai en paz, que es mi vida, cachai. El sentir la incomodidad de soportar los encierros a que la sometía su vieja, resultaba la odiosidad absoluta para ella, sobretodo perderse los días Sábados, el de las trancas fumonas, el de hartarse de ver las movidas que los putos hacían desde los teléfonos inteligentes del barrio Bellavista y descubrir a los maricones que se visten de mujer al lado de los automóviles de la Avenida Vicuña Mackenna. Dejaba entender que no siempre era cosa de sacarse los sostenes y meter la bulla del infierno en su motocicleta de chica acomodada que vivía en el Condominio Vitacura-Lyon, y que lo escribía en sus cuadernos pa'la certeza suya. Sabía que muchos de nosotros la mirábamos desde los bancos cuando ella se cagaba de la risa con el cuento del socialismo que una vez leyera en las revistas de los revolucionarios del Tecnológico, gritándonos que éramos una caleta de huevones chascones que transmitíamos el olor al comunis­mo más falso que la cresta y llenos de piojos pa'cagarla, que se los metía por el poto a todos por pungas y malagradecidos.
-- Huevones reculiaos --, nos gritaba desde el interior del automóvil de su padre a la hora de pasar por el Tecnológico en plena toma, con los pacos afuera y las lacrimógenas en el aire dejando las estelas de humo por toda la Avenida.
Tetona miliquera, le fuimos a gritar en sus narices tres horas después desde los ventanales, en pleno día del boinazo, y el terror de mirar a los milicos con cara de drogados disparando como en una película de guerra los huevones enfermos, que no respetan a nadie, que nosotros somos los que mantuvimos el paro de los camioneros aprovechadores de mierda, que estamos cagados papá, que estos comunistas van a dejar la ensalada de muertos con nuestro paisito y qué vamos a hacer, como nos vamos a salvar de esta locura marxista que viene de vuelta, que no habrán más rollos ni carretes cachai, y se lo decía en la dura al viejo de su padre quién solo sonreía con el celular en la mano.
Chaqueta de cuero negra colgando en sus manos y las poleras llenas de pinturas esotéricas, se dejaba caer por los Pubs de Providencia a eso de las diez de la noche. Se sentaba en la barra a pedir un par de margaritas cargadas del veneno acostumbrado, ya con la idea de encamarse con el primer imbecil que le consiguiera un cigarrillo, que no tengo de esos que estai pidiendo huevona patuda, que tenís cara de artesa comadre, onda blue jeans rajados pa'l enganche, la cruz invertida y el tatuaje en los glúteos, que no te llega, que mejor ándate para la casa que no vai a pescar ningún mino para el apriete tetona esquizofrénica.
Sabía que no era fácil la cacería, que ella no se dejaba intimi­dar con los bacanes que se las daban de machitos argentinos y que con seguridad no tenían un peso en los bolsillos para pagar el Motel, que lo único que habían aprendido era a puñetearse escon­didos en los baños del Pub por que no tenían pelotas para el combate cuerpo a cuerpo.
-- Ene mariconeo por aquí --, les gritaba con los ojos hinchados de humo.
Un cigarrillo le colgaba de los labios al momento de comenzar a oír a su ídolo de los desgarros interiores, el mismísimo Jim Morrison, y el darle a que tiene los ojitos celestes como el agua marina y por la puta que canta bonito el huevón poético, no tenís idea que se murió de una sobredosis por cachero y fumón, que conoció la pálida hasta convertirse en un descuidado pajero, que no supo vaciar las jeringas del ácido a tiempo, por la puta que era auténtico el hombre ese.
Desde la orilla de los fumones es que divisé por última vez a la Flaca Lucy, que en verdad era generosa con su cuerpo, y lo dejaba ver enterito nada más, que no se pasaba los rollos de que se me ven las tetas y que me tapo todo viejo, que no debes excitarte con mis carnes blancas y por último me da lo mismo una puñeta más ante mis ojos, que no los agarro a estos depra. Me acerqué con sigilo hasta sus alrededores.
-- Un traguete para vos damisela de los escondrijos --, le ofrecí a eso de las tres de la madrugada con el acento de argentino drogo y la música de los Rolling Stones que me partían la cabeza con el hueveo de sus gritos alucinantes, y esa sensación de que los estoy encontrando mas viejos que la chucha y que no es como antes, por si te acor­dai de los tiempos del Punk-Metal la raja de macabro, y es cosa de recordar comadre que en pleno concierto el líder se reventaba con los pinchazos del LSD en las venas y luego se meaba sobre el escenario sacando la tripa afuera, sendas bolas peludas que caían del pantalón y ahora convertido en un viejo el muy huevón, que con los Close-Up de la tele se le pueden ver las quinientas arrugas que tiene el maricón del Mick Jagger, y me late que se está convirtiendo en un maricón ridículo ahora, con esos pantalones ajustados que no le asientan, y sus movimientos rockeros últimos de archi-conocidos, que no es el puñetero de los setenta, si hasta me confundo con el viejo de la batería que se parece tanto a mi abuelo Fernando, con seguridad que no tiene ni dientes pa'la percusión, te juro que no compro más sus cidis por cabrones.
Comenzamos a conversar otra pepa, mientras la Flaca se desencade­nó con el cuento de conocer a cada uno de los Rolling, por que su viejo era buena onda, un papy de cuarenta y cinco y el darle otra vez a que no sabía cuanta plata tenía en el Banco el hombre aquél que la había engendrado, pues ese mismo y querido viejo suyo la había llevado hasta Inglaterra para conocerlos en directo y putas gansa, que no te creo, pa'mí que te estai mandando la soberana parte, y ya me estai por convencer que soi más mentirosa que la chucha, que no tenís motivo para engañarme con esos cuentos de millonarios cabrones que se pasean como si nada por el mundo, mientras uno se va en la dura estudiando y cagado de hambre en la pensión para intentar terminar una carrera que me mantenga, vieja.
Al poco rato inició otra historia de una tía medio loca que cayó en manos de un hombre que tenía hasta la cara de perturbado mental, y que chucha me importa a mí, que sufra la vieja cuica, y ya no la tomé en cuenta, que la loca de verdad era ella misma, que se alucinaba con las copas reventándolas por el suelo y que quiere tirar un par de cristales sobre la cubierta del mostrador por que no le gusta que la ninguineen y ese garzón con cara de “Ándate de una vez fumona desgraciada”, y desde la esquina del Pub puedo sentir que la Flaca se lo tira, que ha sacado un cortaplu­mas dando a entender que no le tiene miedo al pelotudo ese de los tragos que le mete dos punzazos en el pecho hasta salir escapando por la Avenida Manquehue camino hasta el otro lugar de las oscuridades, asumiendo que no se han dado cuenta de la cara de intoxicado que llevo en mis pupilas, que la Flaca me está dando miedo tragándome la noticia que la huevona se transforma en una energúmena, onda alta peligrosidad, cuando la sangre le hierve en los ojos. Un par de bailes entre mis brazos y esa Flaca que ya tiene ardiendo sus mejillas, me va diciendo con la punta de su lengua metida en mi oreja, que quiere tirar conmigo, que ya está cansada de soportar tantos huevones hediondos, que se demo­ran mucho en meterse a la cama y que no la entiendo le digo, mientras voy sintiendo como me tironea de su mano hasta sacarme fuera del local y allí con esa pose de la Kim Bassinger me va diciendo que no sabe por qué siempre es lo mismo, que cuando le entra la calentura es para ella un mandato extraterrestre ese de tener que culear en donde sea, y que no lo puede soportar ni contenerse, que está enferma de verdad, que es un virus marciano quizá el que lleva en la sangre. Detrás de un arbusto es que me doy cuenta que tenían razón todos mis amigos, esta mujer está loca de remate, me va agarrando con sus uñas puntiagudas clavándolas en mi espalda, luego con desesperación me muerde hasta los pelos de mis sobacos y por último comienza a gritar que rico, que rico es acabar en la plazoleta conchetumadre, que los pacos no se la pueden con ella porque es de otro planeta.
Loca de mierda, me ha dejado más rasguñado que nunca antes, y me entra el miedo de tenerla en pelotas a mi lado como si nada pasando.
-- Te quiero viejo... Como te llamai que no me acuerdo. Putas que me estoy emborrachando de tanto ver estrellas sicóticas y ni siquiera sé tu nombre --, me asegura con esos ojos del desmayo. Y me va diciendo que eso de decir te-quiero la excita como un demonio escapado, que debo de decirlo yo también, que no me demore más, que debo acabar encima de ella pues está pa'la cagá de caliente. Estás loca de remate vieja, digo pensando en la prueba del lunes.
Me subo el cierre de los pantalones y comienzo a caminar a su lado. No me está mirando. Dudo que me vaya a escuchar ahora.
-- Tirai bonito Flaca --, le digo con el cigarrillo humeando en mi mano, buscándole el diálogo en la buena.
-- No digas nada, que te corto las bolas --, me dice al subir a su motocicleta. Guarda su cortaplumas, luego un par de metidas de pierna y esa máquina que empieza a desatar el ruido de los in­fiernos y ella que ni por curiosidad me ha dicho qué es lo que voy a hacer ahora, que putas que soi vaca Flaca Lucy, que me vai a dejar botado acá a las cinco de la madrugada, que mi espalda está pa'la cagá con la hinchazón de las garras tuyas. Desde la solera puedo ver como se aleja con su cabellera volando junto a su moto, un par de cambios y el silencio mío. Nunca más la ví, nunca más apareció por la Plaza. Nadie la echó de menos en el parque.
Desde el otro banco el compadre de Arquitectura me dice que la vio con tres locos arriba de un auto descapotado, que está más flaca que antes, que ni tetas tiene.

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