Conocí a la Flaca un día en que el sol pegaba como los desquiciados sobre los ventanales del restorán. Le crucé un par de miradas matadoras, cuando ella intentaba sacarse la blusa de seda y esperar que una ráfaga de viento le refrescara su espalda. Está haciendo demasiado calor aquí, gritaba como una endemoniada desde el otro lado del vidrio, consígueme hielo que me quemo, dijo por fin.
Era una mujer de hablar Heavy y unos enormes ojos que ponían tieso a quien quisiera mirarla de frente. Les dejaba clarito que no se descuidaran de sus desgracias personales, porque ella tenía escrito el signo de la maldad en sus manos, que era fascista a cagarse, que su papi viajaba a Europa cada dos semanas en un Jumbo de la Avianca y que no la huevearan más por que tenía calor; fue todo lo que dijo esa tarde de brisas radiactivas entre medio del Mall y el restorán. Algo de ella sabía Mariano, dejándome ver que jamás se entregaba a los sentimientos profundos, mas bien se le podían confundir sus aires de libertad absoluta que tanto pregonaba en los cuadernos de su bolso colegial con sus ojos de monja extasiada. Le decíamos La Flaca Lucy, todos los que estudiábamos recostados en los asientos en la calle Máximo Lira, llegando a los alrededores de la Plaza Italia, y la verdad es que ese apodo nunca le vino a gustar, pese a que desde todas las barras se lo gritaban con la furia de un barrio maldito, que no se quiere a si mismo, que la odiaban por desalmada y cabrona.
Nadie podía ignorarla cuando se proponía pasar entremedio de los bancos, por que en verdad era imposible el no darse cuenta del detalle suyo que se venía sobre las pupilas de todos los curiosos. Un par de pechos impresionantes afirmados sobre un sostén enorme, ese era el secreto que no podía guardar y que nunca quiso hacerlo, que se sacaba sus intimidades para luego tirarlas sobre los parabrisas de los automóviles y mostrarles sus pechos a los conductores y que nadie le dijera lo loca que estaba, que les pegaba sus quinientas patadas por el hocico y que se anduvieran con cuidado los culeados, que sacaba un puñal de un santiamén para metérselos hasta la concha.
Siempre había estado soportando ese gran problema de la desigualdad de sus tetas, y lo decía fumando un cigarrillo de bajos índices, con la mano sobre su vientre deslavado, siempre acariciando el ombligo que dejaba ver un pequeño lunar desde la cremallera del blue jeans.
-- La naturaleza no mas que me cagó --, decía con resignación.
Las ganas de nunca más usar sostenes le estaban provocando una revolución interior, y el tener que aguantar a que su vieja le reiterara el cuento de que estaba harta de oir sus estupideces de un colegio que había abandonado desde Junio, que no entendía el porqué no quería estudiar más, y ella insistiendo con que no soporto al viejo maricón de Inglés que me mira las piernas como un depravado y por último que me mato de un momento a otro si continuai con lo mismo, que lo hago vieja conchetumadre si no me dejai en paz, que es mi vida, cachai. El sentir la incomodidad de soportar los encierros a que la sometía su vieja, resultaba la odiosidad absoluta para ella, sobretodo perderse los días Sábados, el de las trancas fumonas, el de hartarse de ver las movidas que los putos hacían desde los teléfonos inteligentes del barrio Bellavista y descubrir a los maricones que se visten de mujer al lado de los automóviles de la Avenida Vicuña Mackenna. Dejaba entender que no siempre era cosa de sacarse los sostenes y meter la bulla del infierno en su motocicleta de chica acomodada que vivía en el Condominio Vitacura-Lyon, y que lo escribía en sus cuadernos pa'la certeza suya. Sabía que muchos de nosotros la mirábamos desde los bancos cuando ella se cagaba de la risa con el cuento del socialismo que una vez leyera en las revistas de los revolucionarios del Tecnológico, gritándonos que éramos una caleta de huevones chascones que transmitíamos el olor al comunismo más falso que la cresta y llenos de piojos pa'cagarla, que se los metía por el poto a todos por pungas y malagradecidos.
-- Huevones reculiaos --, nos gritaba desde el interior del automóvil de su padre a la hora de pasar por el Tecnológico en plena toma, con los pacos afuera y las lacrimógenas en el aire dejando las estelas de humo por toda la Avenida.
Tetona miliquera, le fuimos a gritar en sus narices tres horas después desde los ventanales, en pleno día del boinazo, y el terror de mirar a los milicos con cara de drogados disparando como en una película de guerra los huevones enfermos, que no respetan a nadie, que nosotros somos los que mantuvimos el paro de los camioneros aprovechadores de mierda, que estamos cagados papá, que estos comunistas van a dejar la ensalada de muertos con nuestro paisito y qué vamos a hacer, como nos vamos a salvar de esta locura marxista que viene de vuelta, que no habrán más rollos ni carretes cachai, y se lo decía en la dura al viejo de su padre quién solo sonreía con el celular en la mano.
Chaqueta de cuero negra colgando en sus manos y las poleras llenas de pinturas esotéricas, se dejaba caer por los Pubs de Providencia a eso de las diez de la noche. Se sentaba en la barra a pedir un par de margaritas cargadas del veneno acostumbrado, ya con la idea de encamarse con el primer imbecil que le consiguiera un cigarrillo, que no tengo de esos que estai pidiendo huevona patuda, que tenís cara de artesa comadre, onda blue jeans rajados pa'l enganche, la cruz invertida y el tatuaje en los glúteos, que no te llega, que mejor ándate para la casa que no vai a pescar ningún mino para el apriete tetona esquizofrénica.
Sabía que no era fácil la cacería, que ella no se dejaba intimidar con los bacanes que se las daban de machitos argentinos y que con seguridad no tenían un peso en los bolsillos para pagar el Motel, que lo único que habían aprendido era a puñetearse escondidos en los baños del Pub por que no tenían pelotas para el combate cuerpo a cuerpo.
-- Ene mariconeo por aquí --, les gritaba con los ojos hinchados de humo.
Un cigarrillo le colgaba de los labios al momento de comenzar a oír a su ídolo de los desgarros interiores, el mismísimo Jim Morrison, y el darle a que tiene los ojitos celestes como el agua marina y por la puta que canta bonito el huevón poético, no tenís idea que se murió de una sobredosis por cachero y fumón, que conoció la pálida hasta convertirse en un descuidado pajero, que no supo vaciar las jeringas del ácido a tiempo, por la puta que era auténtico el hombre ese.
Desde la orilla de los fumones es que divisé por última vez a la Flaca Lucy, que en verdad era generosa con su cuerpo, y lo dejaba ver enterito nada más, que no se pasaba los rollos de que se me ven las tetas y que me tapo todo viejo, que no debes excitarte con mis carnes blancas y por último me da lo mismo una puñeta más ante mis ojos, que no los agarro a estos depra. Me acerqué con sigilo hasta sus alrededores.
-- Un traguete para vos damisela de los escondrijos --, le ofrecí a eso de las tres de la madrugada con el acento de argentino drogo y la música de los Rolling Stones que me partían la cabeza con el hueveo de sus gritos alucinantes, y esa sensación de que los estoy encontrando mas viejos que la chucha y que no es como antes, por si te acordai de los tiempos del Punk-Metal la raja de macabro, y es cosa de recordar comadre que en pleno concierto el líder se reventaba con los pinchazos del LSD en las venas y luego se meaba sobre el escenario sacando la tripa afuera, sendas bolas peludas que caían del pantalón y ahora convertido en un viejo el muy huevón, que con los Close-Up de la tele se le pueden ver las quinientas arrugas que tiene el maricón del Mick Jagger, y me late que se está convirtiendo en un maricón ridículo ahora, con esos pantalones ajustados que no le asientan, y sus movimientos rockeros últimos de archi-conocidos, que no es el puñetero de los setenta, si hasta me confundo con el viejo de la batería que se parece tanto a mi abuelo Fernando, con seguridad que no tiene ni dientes pa'la percusión, te juro que no compro más sus cidis por cabrones.
Comenzamos a conversar otra pepa, mientras la Flaca se desencadenó con el cuento de conocer a cada uno de los Rolling, por que su viejo era buena onda, un papy de cuarenta y cinco y el darle otra vez a que no sabía cuanta plata tenía en el Banco el hombre aquél que la había engendrado, pues ese mismo y querido viejo suyo la había llevado hasta Inglaterra para conocerlos en directo y putas gansa, que no te creo, pa'mí que te estai mandando la soberana parte, y ya me estai por convencer que soi más mentirosa que la chucha, que no tenís motivo para engañarme con esos cuentos de millonarios cabrones que se pasean como si nada por el mundo, mientras uno se va en la dura estudiando y cagado de hambre en la pensión para intentar terminar una carrera que me mantenga, vieja.
Al poco rato inició otra historia de una tía medio loca que cayó en manos de un hombre que tenía hasta la cara de perturbado mental, y que chucha me importa a mí, que sufra la vieja cuica, y ya no la tomé en cuenta, que la loca de verdad era ella misma, que se alucinaba con las copas reventándolas por el suelo y que quiere tirar un par de cristales sobre la cubierta del mostrador por que no le gusta que la ninguineen y ese garzón con cara de “Ándate de una vez fumona desgraciada”, y desde la esquina del Pub puedo sentir que la Flaca se lo tira, que ha sacado un cortaplumas dando a entender que no le tiene miedo al pelotudo ese de los tragos que le mete dos punzazos en el pecho hasta salir escapando por la Avenida Manquehue camino hasta el otro lugar de las oscuridades, asumiendo que no se han dado cuenta de la cara de intoxicado que llevo en mis pupilas, que la Flaca me está dando miedo tragándome la noticia que la huevona se transforma en una energúmena, onda alta peligrosidad, cuando la sangre le hierve en los ojos. Un par de bailes entre mis brazos y esa Flaca que ya tiene ardiendo sus mejillas, me va diciendo con la punta de su lengua metida en mi oreja, que quiere tirar conmigo, que ya está cansada de soportar tantos huevones hediondos, que se demoran mucho en meterse a la cama y que no la entiendo le digo, mientras voy sintiendo como me tironea de su mano hasta sacarme fuera del local y allí con esa pose de la Kim Bassinger me va diciendo que no sabe por qué siempre es lo mismo, que cuando le entra la calentura es para ella un mandato extraterrestre ese de tener que culear en donde sea, y que no lo puede soportar ni contenerse, que está enferma de verdad, que es un virus marciano quizá el que lleva en la sangre. Detrás de un arbusto es que me doy cuenta que tenían razón todos mis amigos, esta mujer está loca de remate, me va agarrando con sus uñas puntiagudas clavándolas en mi espalda, luego con desesperación me muerde hasta los pelos de mis sobacos y por último comienza a gritar que rico, que rico es acabar en la plazoleta conchetumadre, que los pacos no se la pueden con ella porque es de otro planeta.
Loca de mierda, me ha dejado más rasguñado que nunca antes, y me entra el miedo de tenerla en pelotas a mi lado como si nada pasando.
-- Te quiero viejo... Como te llamai que no me acuerdo. Putas que me estoy emborrachando de tanto ver estrellas sicóticas y ni siquiera sé tu nombre --, me asegura con esos ojos del desmayo. Y me va diciendo que eso de decir te-quiero la excita como un demonio escapado, que debo de decirlo yo también, que no me demore más, que debo acabar encima de ella pues está pa'la cagá de caliente. Estás loca de remate vieja, digo pensando en la prueba del lunes.
Me subo el cierre de los pantalones y comienzo a caminar a su lado. No me está mirando. Dudo que me vaya a escuchar ahora.
-- Tirai bonito Flaca --, le digo con el cigarrillo humeando en mi mano, buscándole el diálogo en la buena.
-- No digas nada, que te corto las bolas --, me dice al subir a su motocicleta. Guarda su cortaplumas, luego un par de metidas de pierna y esa máquina que empieza a desatar el ruido de los infiernos y ella que ni por curiosidad me ha dicho qué es lo que voy a hacer ahora, que putas que soi vaca Flaca Lucy, que me vai a dejar botado acá a las cinco de la madrugada, que mi espalda está pa'la cagá con la hinchazón de las garras tuyas. Desde la solera puedo ver como se aleja con su cabellera volando junto a su moto, un par de cambios y el silencio mío. Nunca más la ví, nunca más apareció por la Plaza. Nadie la echó de menos en el parque.
Desde el otro banco el compadre de Arquitectura me dice que la vio con tres locos arriba de un auto descapotado, que está más flaca que antes, que ni tetas tiene.
domingo, 27 de enero de 2008
domingo, 20 de enero de 2008
ERROR DE CONCEPTO
Sintió la furia ardiente de esa lengua que se humedecía con lujuria bailando como una nutria
desesperada dentro de su boca ansiosa para luego sacarla sin más, deslizándola por sus labios
mudos de arriba a abajo, de lado a lado, en una suerte de enredo carnal, hurgando en lo indecible,
mostrándole una punta roja de carne y venas hinchadas de tanta excitación, sin siquiera
pestañear en ese cuarto de poca luz y manos ligeras.
Luego sintió la mirada que se le venía encima como una plaga de ojos derramados y las nauseas
de saber ahora la verdad.
-- No puede ser --, gritó mientras sentía la nausea otra vez y esas ganas imparables de vomitar
que le estaban llevando todo su interior. Se vistió con desgano y se dispuso a caminar sintiendo la
equivocación dentro de su boca.
CUESTIÓN DE CAZADORES
Entre cuatro soldados lo llevaron hasta el patio del sufrimiento. Las miradas que esos hombres le metieron en los ojos hicieron que recordase al mismo demonio verde que se le aparecía en la jungla.
Luego de arrastrarle por unos minutos en ese terreno lleno de gravas filosas, lo amarraron de pies y manos frente a un poste de madera empotrado en medio de ese enorme lugar.
Había oído lo que se decía de ese recinto amurallado, sin embargo pese a las advertencias, él aseguraba que los cuentos eran nada más que para escucharlos, las plumas y los trofeos de guerra que orgullosamente colgaban en su cabeza dejaban ver que era un hombre valiente.
Desde un subterráneo lleno de pasto para los animales, apareció un obeso enmascarado con un látigo en sus manos. Ciento setenta y siete latigazos fueron a caer sobre su espalda y un millar de gritos que no podía entender. El tibio correr de la sangre por toda su humanidad vino a decirle que quizás no saldría vivo de allí, porque esos hombres estaban realmente enojados con él.
El verdugo se cansó de tanto dar azotes en su contra y eso lo decía el sudor que bajaba por su abdomen. A duras penas lograba ver los ojos desorbitados del tipo que lo azotaba, sintiendo su respiración dificultosa que a ratos parecía la de un moribundo.
-- Debes tener mucho cuidado con este indio. Es muy peligroso. Nadie sabe cómo es que logra escaparse de todos los encierros --, se dijeron entre sí los soldados mientras le metían los grilletes por las manos. Alguien gritó desde lejos que no le perdieran de vista, que era mejor darle un par de vueltas más en el arrastre.
A eso de la media tarde, cuando el tedio se dejó caer en medio de las sombras que se movían a su lado, perdió el conocimiento. Con el abrir de sus ojos pudo darse cuenta que casi muerto ya, lo habían tirado detrás de cientos de sacos llenos de mercaderías marcadas con el sello real del virreinato. Era uno más en esa pila interminable de bultos apretujados.
Sus enormes ojos comenzaron a sufrir la escasa luz de una ventana colmada de barrotes enmohecidos. Las ansias de escapar vinieron a acompañarle en esa oscuridad permanente que se metía por todos lados. Desde allí, intentando alcanzar las alturas del boquete embarrotado, pudo sentir el olor inconfundible de un centenar de caballos transpirados. Eran animales con pocas ganas de ser montados. Los relinchos posteriores le dijeron que esas bestias no podían más, que solo había que dejarlos descansar.
Con el desgano de una larga carrera logró ver el camino de sangre caliente que iba formando charcos en los huecos de las baldosas rotas y nadie para atenderlo, nadie para sanar sus heridas que se hinchaban con ese aire de la descomposición conquistadora junto al frío infinito de una odiosa cacería. Tocó con temor los húmedos muros de la celda de ladrillos, para sentir en sus manos maltratadas como se le pegaba en la piel esa sustancia gelatinosa que salía de las mudas
paredes. Un poco de atención le indicó que el moho oscuro se hacía parte de él ahora, en sus manos que se perdían en los grilletes.
Poco a poco se fue dando cuenta de que no estaba solo. Medio centenar de hombres vestidos con otros ropajes se paseaban delante de él sin mover sus cabezas metálicas para dedicarle una mirada que le trajera un poco de tranquilidad en los pasillos.
Unas ganas de levantarse le fueron apareciendo en las piernas, sin embargo no se podía mover como antes, ni siquiera lograba sentir los músculos de sus brazos marcados por la huida. Había despertado de un profundo sueño con ese dolor de cabeza que le hacía ver muy lejana la selva de los escondrijos. Con la transpiración sanguinolenta aun mojando sus espaldas, pudo mantener abiertos sus ojos, hasta descubrir esos lugares secretos que ninguno de los suyos conociera. Era un sitio lleno de piedras lajadas y cruces esculpidas en muros que iban formando una hilera de signos desconocidos.
Una larga figura con los brazos abiertos se esculpía en lo más alto del lugar.
Nunca antes había sentido tanto miedo de caer en la cacería, nunca antes se había dedicado a pensar en la suerte de los otros, los que desaparecían a eso de la medianoche mientras los perros ladraban en un seguimiento de cuatro días. En esas instancias sólo le quedaba escapar con las manos entumecidas y la piel azulada de tanto cruzar el río y la espalda totalmente descubierta ante los conjuros mortales del encargado de la cacería.
Escondidos debajo de las excavaciones de los brujos y casi sin respirar es que podían ver a los gruesos hombres que bajaban de los barcos acorazados, cargando esas moles de acero que despedían fuego por sus puntas abiertas y que los dejaban tan muertos como los animales viejos.
Ahora estaba exhausto de tanto correr por la vieja espesura de una jungla que conocía de siempre y que no podía olvidar. El par de grilletes se le metían por las muñecas provocando la hinchazón de sus venas, y aún sin saber que pasaría con su vida de guerrero indomable, que no se doblegaba ante las arremetidas de los cientos de hombres enlatados, quienes montados sobre sus caballos sedientos, les acosaban cada cierto tiempo en sus territorios impenetrables.
Alguien les había traído la noticia que eran los encomendados de los dioses quienes harían cambiar todas las cosas para siempre y que las cruces formidables dibujadas en sus pechos, eran los inequívocos símbolos del amor.
Los incendios se le venían a la cabeza como un mar de fuegos malvados que se devoraban a toda la selva de hombres invisibles y sin recordar ahora quien era su padre, ni si los hijos suyos estaban aprendiendo los secretos de la jungla mágica que se tragaba todos los secretos de los valientes. Sintió los pasos del que podía entender era el jefe de esos intrusos sin rostro. Una enorme coraza de acero le fue apareciendo desde todos su ángulos, hasta sentir los aires de su respiración desesperada.
-- Así que tú eres el misterioso indio de las revueltas. Debes saber que desde ahora serás nada más que un trofeo de caza --, dijo con la seguridad de sus hierros sobre la frente.
Abrió la rendija del casco con la punta de su espada hasta que aparecieron los oscuros ojos de un hombre demasiado blanco al encuentro con los suyos. Un dolor intenso se asomó por sus pupilas, un dolor de siglos que le venía devorando los intestinos. Estaba demasiado cercano que podía sentir el latido de su corazón al compás de esos metales esculpidos y la sensación de estar siendo observado por un millar de curiosos. Los dibujos que había pintado en su rostro no lograron asustar al extraño que se movía enfrente.
-- Un tozudo indio que no se rendía y de quien se cuentan tantas historias --, dice con la espada brillando en contra de su casco de lugarteniente español.
Jamás había sentido el rondar tan cercano de un hombre vestido extrañamente con esas latas salidas de otro mundo, quien no dejaba de mirarle en un estudio de sus secretas intenciones, en una siniestra persecución de ojos inmóviles y las ganas imparables de estar muerto.
-- Es el momento de la verdad. Algunos dicen que eres un enigma selvático que nos acongoja desde nuestra llegada. Debes saber que yo soy quien manda ahora –, agrega con las manos sobre su cuello.
-- Es el momento de saber cómo te llamas desgraciado. ¿Lo dirás acaso?. ¿Tienes esa capacidad para decirnos quién eres, y qué pretendes? --, pregunta con los dedos de uñas largas. Y no puede hablar pese a no entender qué es lo que quiere decir en cada palabra de cantos españoles.
Ante esa feroz mirada de pupilas dilatadas, intenta con la canción de los hombres imbatibles que su viejo abuelo le enseñara en los rituales secretos de otros tiempos y va moviendo sus labios en cada tono mágico que debía decir, y otra vez siente esa extraña sensación de estar conociendo el miedo que esos hierros van desprendiendo. El de la coraza dorada no le habla ahora, pese a apretar con mas fuerzas su débil cuello de hombre invisible, cazador de venados, quien encomienda a los dioses a esas criaturas antes de matarlas. Que ellos deben morir sin sentir el dolor, un sueño pequeño y ya.
-- ¿ Qué mierda estás haciendo? --, dice el acero parlante, mientras él se lo va cantando todo, sin titubeos ni palmas húmedas. Un guerrero no debe retroceder, ni llorar en los brazos de una jungla llena de misterios, jungla privilegiada que sabe de sus paraderos, que lo observa desde niño y nuevamente entonar la canción de los guerreros invencibles que no conocen la derrota en la frondosidad de un mundo lleno de peligros.
El hombre de acero se levanta con dificultad hasta llegar a las cajas de madera. Mete su mano en el interior de la más grande. Con lentitud va sacando una larga vara de metal. Nuevamente voltea su cabeza buscando llegar hasta él, mientras intenta hacerle callar de una vez.
-- ¿Quién eres tú realmente?. ¿ Un brujo, o tal vez un emperador?. Dímelo --, repite con los ecos del metal y él sin entender que ese hombre no está cantando como él sus alabanzas de amistad, que las palabras suyas llevan otras intenciones, y que no puede contra esos trescientos caballos desesperados que se revientan en las cercanías y otra vez esas ganas de huir hasta las alturas de los árboles y desaparecer como los seres humanos desnudos de la jungla, quienes nunca aprendieron a cantar como él sabía hacerlo.
Ahora siente el frío contacto del hierro que el acorazado ha provocado al poner esa larga vara en su cabeza.
-- Pues tenemos a un flaco indio revoltoso y nada más. Pese a llevar el rostro pintado no eres más que un animal despreciable que no sabe hacer las reverencias ante su señor. --, dice al momento de mover sus dedos en los agujeros de ese extraño instrumento.
-- No quieres oír. Pues te quedarás sin oreja. Te lo tienes merecido --, dice al momento de cerrar los ojos.
Una explosión de astros le apareció en la cabeza dejándole una absoluta oscuridad que sabe es parte del otro mundo que no conoce y que no quiere conocer aún.
-- Mira en lo que te has convertido ahora, un asustado indio desorejado que se atreve a cantar frente a nosotros.--, le grita mientras puede ver el hilo de sangre bajando por su frente hasta llegar a su boca.
El hombre del casco de acero se levanta con la furia desatada de su raza conquistadora y sacude sus manos del manchón escarlata que ha quedado pegado entre las cruces de sus hierros machacados. Desde arriba le mira nuevamente para señalar con su mano de militar encomendado hasta la puerta de entrada a ese recinto de encierros.
-- Has ensuciado mis galones de la guerra con tu sangre de bestia encerrada. Una puta sangre la tuya. La verdad sea dicha, te queda poco tiempo para las confesiones, indio inconverso --, reitera al momento de abrir la puerta.
-- Tú te lo buscaste desgraciado. No te saldrás con la tuya, que pronto conocerás mis otros modales que traje desde la misma Castilla --, se va repitiendo sin descanso por el corredor seguido por una formación de hombres enlatados.
Ahora en su cabeza la angustia de saber que ese hombre volverá con los duros aires de un castigo interminable y que de nada servirá el truco de hacerse el muerto, que eso no le ayudará ante esos ojos de la invasión.
Desde el zumbido que provocara el disparo de ese varón lleno de metales, ha comenzado a olvidar que se llama Mawouni y que él no es un indio sino un hombre mágico que se pierde en la espesura de la selva cada cierto tiempo sin que nadie pueda encontrarle. Tampoco puede recordar que vive en una aldea de guerreros desnudos, que son respetados por conocer el arte de hacerse invisibles arriba de los árboles, que solo saben cazar animales para su sustento en una aldea de pocas gentes y que desde hace un tiempo deben soportar esa invasión de monstruos enlatados que bajan de sus enormes barcos con sus caballos hasta las cercanías del río en una procesión del infierno. Una larga cabalgata de secuestros incomprensibles y sus mujeres que mueren degolladas luego de ser ultrajadas por esos dedos de acero que buscan las piedras brillantes de sus ríos.
Nunca había sentido correr el odio por sus venas, nunca antes la impotencia de cargar el miedo en sus brazos. Sin embargo desde la noche en que incendiaran la aldea, las cosas han cambiado en el tono castaño de sus ojos.
Un extraño calor le ha bajado hasta su estómago, revolviéndole las tripas con la excitación de una venganza de cientos de años.
Con dolor logra sacar sus manos de los grilletes. Ninguna voz en los pasillos, ninguna luz que le ilumine las manos. Y el placer de sentirse invisible otra vez, allí al lado de la puerta con su cuchillo de cazador eterno, esperando su presa.
Los pasos que se le vienen encima, un crujir de llaves y la puerta que se abre. Un solo hombre es el que ha ingresado hasta la oscuridad, una sola silueta conocida es la que se mueve a su lado.
-- ¿Dónde te has escondido, demonio salvaje?. Te lo advertí, no debías jugar conmigo que traigo un genio del infierno. Siete noches sin dormir en la barraca, y por todas las putas del reino que estoy enojado contigo. --, dice esa histérica voz mientras saca su casco de latas.
Mowuani no se mueve ahora, ni siquiera una pestañeada que le haga aparecer sus largas formas de guerrero invisible de la selva, y ese hombre tan cerca de él que nuevamente puede sentir el grueso respirar de sus narices abiertas. La puerta se cierra poco a poco hasta pintar la oscuridad otra vez y ese extraño ser lleno de cruces en sus latas que va cayendo en una absurda lucha de golpes en el aire, de manos que no puede ver ahora y que siente aferradas en su largo cuello de europeo aventurero. Las criaturas salvajes no deben sufrir en su viaje a la muerte, piensa un hombre invisible en plena oscuridad.
-- Esta selva maldita, me va a robar la vida --, dice el acorazado al sentir el palpitar de la muerte a su alrededor, mientras sus ojos se van quedando fijos en contra de la nada absoluta.
En las afueras alguien escucha el cantar de la selva entre alaridos y monos chillones.
Luego de arrastrarle por unos minutos en ese terreno lleno de gravas filosas, lo amarraron de pies y manos frente a un poste de madera empotrado en medio de ese enorme lugar.
Había oído lo que se decía de ese recinto amurallado, sin embargo pese a las advertencias, él aseguraba que los cuentos eran nada más que para escucharlos, las plumas y los trofeos de guerra que orgullosamente colgaban en su cabeza dejaban ver que era un hombre valiente.
Desde un subterráneo lleno de pasto para los animales, apareció un obeso enmascarado con un látigo en sus manos. Ciento setenta y siete latigazos fueron a caer sobre su espalda y un millar de gritos que no podía entender. El tibio correr de la sangre por toda su humanidad vino a decirle que quizás no saldría vivo de allí, porque esos hombres estaban realmente enojados con él.
El verdugo se cansó de tanto dar azotes en su contra y eso lo decía el sudor que bajaba por su abdomen. A duras penas lograba ver los ojos desorbitados del tipo que lo azotaba, sintiendo su respiración dificultosa que a ratos parecía la de un moribundo.
-- Debes tener mucho cuidado con este indio. Es muy peligroso. Nadie sabe cómo es que logra escaparse de todos los encierros --, se dijeron entre sí los soldados mientras le metían los grilletes por las manos. Alguien gritó desde lejos que no le perdieran de vista, que era mejor darle un par de vueltas más en el arrastre.
A eso de la media tarde, cuando el tedio se dejó caer en medio de las sombras que se movían a su lado, perdió el conocimiento. Con el abrir de sus ojos pudo darse cuenta que casi muerto ya, lo habían tirado detrás de cientos de sacos llenos de mercaderías marcadas con el sello real del virreinato. Era uno más en esa pila interminable de bultos apretujados.
Sus enormes ojos comenzaron a sufrir la escasa luz de una ventana colmada de barrotes enmohecidos. Las ansias de escapar vinieron a acompañarle en esa oscuridad permanente que se metía por todos lados. Desde allí, intentando alcanzar las alturas del boquete embarrotado, pudo sentir el olor inconfundible de un centenar de caballos transpirados. Eran animales con pocas ganas de ser montados. Los relinchos posteriores le dijeron que esas bestias no podían más, que solo había que dejarlos descansar.
Con el desgano de una larga carrera logró ver el camino de sangre caliente que iba formando charcos en los huecos de las baldosas rotas y nadie para atenderlo, nadie para sanar sus heridas que se hinchaban con ese aire de la descomposición conquistadora junto al frío infinito de una odiosa cacería. Tocó con temor los húmedos muros de la celda de ladrillos, para sentir en sus manos maltratadas como se le pegaba en la piel esa sustancia gelatinosa que salía de las mudas
paredes. Un poco de atención le indicó que el moho oscuro se hacía parte de él ahora, en sus manos que se perdían en los grilletes.
Poco a poco se fue dando cuenta de que no estaba solo. Medio centenar de hombres vestidos con otros ropajes se paseaban delante de él sin mover sus cabezas metálicas para dedicarle una mirada que le trajera un poco de tranquilidad en los pasillos.
Unas ganas de levantarse le fueron apareciendo en las piernas, sin embargo no se podía mover como antes, ni siquiera lograba sentir los músculos de sus brazos marcados por la huida. Había despertado de un profundo sueño con ese dolor de cabeza que le hacía ver muy lejana la selva de los escondrijos. Con la transpiración sanguinolenta aun mojando sus espaldas, pudo mantener abiertos sus ojos, hasta descubrir esos lugares secretos que ninguno de los suyos conociera. Era un sitio lleno de piedras lajadas y cruces esculpidas en muros que iban formando una hilera de signos desconocidos.
Una larga figura con los brazos abiertos se esculpía en lo más alto del lugar.
Nunca antes había sentido tanto miedo de caer en la cacería, nunca antes se había dedicado a pensar en la suerte de los otros, los que desaparecían a eso de la medianoche mientras los perros ladraban en un seguimiento de cuatro días. En esas instancias sólo le quedaba escapar con las manos entumecidas y la piel azulada de tanto cruzar el río y la espalda totalmente descubierta ante los conjuros mortales del encargado de la cacería.
Escondidos debajo de las excavaciones de los brujos y casi sin respirar es que podían ver a los gruesos hombres que bajaban de los barcos acorazados, cargando esas moles de acero que despedían fuego por sus puntas abiertas y que los dejaban tan muertos como los animales viejos.
Ahora estaba exhausto de tanto correr por la vieja espesura de una jungla que conocía de siempre y que no podía olvidar. El par de grilletes se le metían por las muñecas provocando la hinchazón de sus venas, y aún sin saber que pasaría con su vida de guerrero indomable, que no se doblegaba ante las arremetidas de los cientos de hombres enlatados, quienes montados sobre sus caballos sedientos, les acosaban cada cierto tiempo en sus territorios impenetrables.
Alguien les había traído la noticia que eran los encomendados de los dioses quienes harían cambiar todas las cosas para siempre y que las cruces formidables dibujadas en sus pechos, eran los inequívocos símbolos del amor.
Los incendios se le venían a la cabeza como un mar de fuegos malvados que se devoraban a toda la selva de hombres invisibles y sin recordar ahora quien era su padre, ni si los hijos suyos estaban aprendiendo los secretos de la jungla mágica que se tragaba todos los secretos de los valientes. Sintió los pasos del que podía entender era el jefe de esos intrusos sin rostro. Una enorme coraza de acero le fue apareciendo desde todos su ángulos, hasta sentir los aires de su respiración desesperada.
-- Así que tú eres el misterioso indio de las revueltas. Debes saber que desde ahora serás nada más que un trofeo de caza --, dijo con la seguridad de sus hierros sobre la frente.
Abrió la rendija del casco con la punta de su espada hasta que aparecieron los oscuros ojos de un hombre demasiado blanco al encuentro con los suyos. Un dolor intenso se asomó por sus pupilas, un dolor de siglos que le venía devorando los intestinos. Estaba demasiado cercano que podía sentir el latido de su corazón al compás de esos metales esculpidos y la sensación de estar siendo observado por un millar de curiosos. Los dibujos que había pintado en su rostro no lograron asustar al extraño que se movía enfrente.
-- Un tozudo indio que no se rendía y de quien se cuentan tantas historias --, dice con la espada brillando en contra de su casco de lugarteniente español.
Jamás había sentido el rondar tan cercano de un hombre vestido extrañamente con esas latas salidas de otro mundo, quien no dejaba de mirarle en un estudio de sus secretas intenciones, en una siniestra persecución de ojos inmóviles y las ganas imparables de estar muerto.
-- Es el momento de la verdad. Algunos dicen que eres un enigma selvático que nos acongoja desde nuestra llegada. Debes saber que yo soy quien manda ahora –, agrega con las manos sobre su cuello.
-- Es el momento de saber cómo te llamas desgraciado. ¿Lo dirás acaso?. ¿Tienes esa capacidad para decirnos quién eres, y qué pretendes? --, pregunta con los dedos de uñas largas. Y no puede hablar pese a no entender qué es lo que quiere decir en cada palabra de cantos españoles.
Ante esa feroz mirada de pupilas dilatadas, intenta con la canción de los hombres imbatibles que su viejo abuelo le enseñara en los rituales secretos de otros tiempos y va moviendo sus labios en cada tono mágico que debía decir, y otra vez siente esa extraña sensación de estar conociendo el miedo que esos hierros van desprendiendo. El de la coraza dorada no le habla ahora, pese a apretar con mas fuerzas su débil cuello de hombre invisible, cazador de venados, quien encomienda a los dioses a esas criaturas antes de matarlas. Que ellos deben morir sin sentir el dolor, un sueño pequeño y ya.
-- ¿ Qué mierda estás haciendo? --, dice el acero parlante, mientras él se lo va cantando todo, sin titubeos ni palmas húmedas. Un guerrero no debe retroceder, ni llorar en los brazos de una jungla llena de misterios, jungla privilegiada que sabe de sus paraderos, que lo observa desde niño y nuevamente entonar la canción de los guerreros invencibles que no conocen la derrota en la frondosidad de un mundo lleno de peligros.
El hombre de acero se levanta con dificultad hasta llegar a las cajas de madera. Mete su mano en el interior de la más grande. Con lentitud va sacando una larga vara de metal. Nuevamente voltea su cabeza buscando llegar hasta él, mientras intenta hacerle callar de una vez.
-- ¿Quién eres tú realmente?. ¿ Un brujo, o tal vez un emperador?. Dímelo --, repite con los ecos del metal y él sin entender que ese hombre no está cantando como él sus alabanzas de amistad, que las palabras suyas llevan otras intenciones, y que no puede contra esos trescientos caballos desesperados que se revientan en las cercanías y otra vez esas ganas de huir hasta las alturas de los árboles y desaparecer como los seres humanos desnudos de la jungla, quienes nunca aprendieron a cantar como él sabía hacerlo.
Ahora siente el frío contacto del hierro que el acorazado ha provocado al poner esa larga vara en su cabeza.
-- Pues tenemos a un flaco indio revoltoso y nada más. Pese a llevar el rostro pintado no eres más que un animal despreciable que no sabe hacer las reverencias ante su señor. --, dice al momento de mover sus dedos en los agujeros de ese extraño instrumento.
-- No quieres oír. Pues te quedarás sin oreja. Te lo tienes merecido --, dice al momento de cerrar los ojos.
Una explosión de astros le apareció en la cabeza dejándole una absoluta oscuridad que sabe es parte del otro mundo que no conoce y que no quiere conocer aún.
-- Mira en lo que te has convertido ahora, un asustado indio desorejado que se atreve a cantar frente a nosotros.--, le grita mientras puede ver el hilo de sangre bajando por su frente hasta llegar a su boca.
El hombre del casco de acero se levanta con la furia desatada de su raza conquistadora y sacude sus manos del manchón escarlata que ha quedado pegado entre las cruces de sus hierros machacados. Desde arriba le mira nuevamente para señalar con su mano de militar encomendado hasta la puerta de entrada a ese recinto de encierros.
-- Has ensuciado mis galones de la guerra con tu sangre de bestia encerrada. Una puta sangre la tuya. La verdad sea dicha, te queda poco tiempo para las confesiones, indio inconverso --, reitera al momento de abrir la puerta.
-- Tú te lo buscaste desgraciado. No te saldrás con la tuya, que pronto conocerás mis otros modales que traje desde la misma Castilla --, se va repitiendo sin descanso por el corredor seguido por una formación de hombres enlatados.
Ahora en su cabeza la angustia de saber que ese hombre volverá con los duros aires de un castigo interminable y que de nada servirá el truco de hacerse el muerto, que eso no le ayudará ante esos ojos de la invasión.
Desde el zumbido que provocara el disparo de ese varón lleno de metales, ha comenzado a olvidar que se llama Mawouni y que él no es un indio sino un hombre mágico que se pierde en la espesura de la selva cada cierto tiempo sin que nadie pueda encontrarle. Tampoco puede recordar que vive en una aldea de guerreros desnudos, que son respetados por conocer el arte de hacerse invisibles arriba de los árboles, que solo saben cazar animales para su sustento en una aldea de pocas gentes y que desde hace un tiempo deben soportar esa invasión de monstruos enlatados que bajan de sus enormes barcos con sus caballos hasta las cercanías del río en una procesión del infierno. Una larga cabalgata de secuestros incomprensibles y sus mujeres que mueren degolladas luego de ser ultrajadas por esos dedos de acero que buscan las piedras brillantes de sus ríos.
Nunca había sentido correr el odio por sus venas, nunca antes la impotencia de cargar el miedo en sus brazos. Sin embargo desde la noche en que incendiaran la aldea, las cosas han cambiado en el tono castaño de sus ojos.
Un extraño calor le ha bajado hasta su estómago, revolviéndole las tripas con la excitación de una venganza de cientos de años.
Con dolor logra sacar sus manos de los grilletes. Ninguna voz en los pasillos, ninguna luz que le ilumine las manos. Y el placer de sentirse invisible otra vez, allí al lado de la puerta con su cuchillo de cazador eterno, esperando su presa.
Los pasos que se le vienen encima, un crujir de llaves y la puerta que se abre. Un solo hombre es el que ha ingresado hasta la oscuridad, una sola silueta conocida es la que se mueve a su lado.
-- ¿Dónde te has escondido, demonio salvaje?. Te lo advertí, no debías jugar conmigo que traigo un genio del infierno. Siete noches sin dormir en la barraca, y por todas las putas del reino que estoy enojado contigo. --, dice esa histérica voz mientras saca su casco de latas.
Mowuani no se mueve ahora, ni siquiera una pestañeada que le haga aparecer sus largas formas de guerrero invisible de la selva, y ese hombre tan cerca de él que nuevamente puede sentir el grueso respirar de sus narices abiertas. La puerta se cierra poco a poco hasta pintar la oscuridad otra vez y ese extraño ser lleno de cruces en sus latas que va cayendo en una absurda lucha de golpes en el aire, de manos que no puede ver ahora y que siente aferradas en su largo cuello de europeo aventurero. Las criaturas salvajes no deben sufrir en su viaje a la muerte, piensa un hombre invisible en plena oscuridad.
-- Esta selva maldita, me va a robar la vida --, dice el acorazado al sentir el palpitar de la muerte a su alrededor, mientras sus ojos se van quedando fijos en contra de la nada absoluta.
En las afueras alguien escucha el cantar de la selva entre alaridos y monos chillones.
AZUL INTENSO
Le trajeron al indio sin ninguna ropa en el cuerpo. Desnudo como un animal lleno de aromas a selvas vírgenes y una montonera de caballos transpirados; lo dejaron allí tirado en ese piso del Virreinato. Los otros se quedaron inmóviles en un rito de miradas y bocas cerradas contemplando una visión diferente.
-- ¿ Ordoñez, es cierto lo que dicen ? --, preguntó el que permanecía sentado.
El calor colmado de humedad residual hizo resaltar los músculos del indio entre ataduras y cabezas gachas.
-- Es cierto mi señor, son verdaderos --, dijo el de la coraza de hierro.
El hombre que llevaba atravesada la enorme cruz en su pecho, se levantó con la indignación en sus sienes.
-- Es imposible, no puede ser verdad --, repetía sin descanso.
-- Hemos revisado a todos los indios de esta tribu, mi señor, al parecer este es el único.--, aseguró con el ruido de los cascos en sus oidos.
-- ¿ Existen otras peculiaridades ? --, preguntó ahora.
-- No mi señor, es la única --
Caminó los pasos suficientes hasta llegar al lado del indio. Tomó sus cabellos y los tiró con fuerza, encontrándose con una mirada azul, inocente, casi humana. Apretó sus puños en el desconcierto y se quedó en silencio otra vez. Giró su cuerpo hasta enfrentar al de la armadura de hierro.
-- Sácaselos --, dijo Don Cristóbal mientras pasaba sus manos por la cruz de su pecho.
El hombre de la armadura corrió hasta el lugar del indio, lo tomó con las cuerdas en una atadura siniestra y comenzó a ejecutar la orden de su señor.
Un par de esferas azules cayeron por el piso rodando hasta los pies de Don Cristóbal, haciéndole sentir la inocencia en una mirada de extravíos y santos muertos.
-- Es la confusión animal de esta selva que nos hace dudar; estuve a punto de ver a un hombre frente a mí, si que lo estuve --, dijo mientras aplastaba con sus sandalias los ojos que le miraban desde otros siglos.
-- ¿ Ordoñez, es cierto lo que dicen ? --, preguntó el que permanecía sentado.
El calor colmado de humedad residual hizo resaltar los músculos del indio entre ataduras y cabezas gachas.
-- Es cierto mi señor, son verdaderos --, dijo el de la coraza de hierro.
El hombre que llevaba atravesada la enorme cruz en su pecho, se levantó con la indignación en sus sienes.
-- Es imposible, no puede ser verdad --, repetía sin descanso.
-- Hemos revisado a todos los indios de esta tribu, mi señor, al parecer este es el único.--, aseguró con el ruido de los cascos en sus oidos.
-- ¿ Existen otras peculiaridades ? --, preguntó ahora.
-- No mi señor, es la única --
Caminó los pasos suficientes hasta llegar al lado del indio. Tomó sus cabellos y los tiró con fuerza, encontrándose con una mirada azul, inocente, casi humana. Apretó sus puños en el desconcierto y se quedó en silencio otra vez. Giró su cuerpo hasta enfrentar al de la armadura de hierro.
-- Sácaselos --, dijo Don Cristóbal mientras pasaba sus manos por la cruz de su pecho.
El hombre de la armadura corrió hasta el lugar del indio, lo tomó con las cuerdas en una atadura siniestra y comenzó a ejecutar la orden de su señor.
Un par de esferas azules cayeron por el piso rodando hasta los pies de Don Cristóbal, haciéndole sentir la inocencia en una mirada de extravíos y santos muertos.
-- Es la confusión animal de esta selva que nos hace dudar; estuve a punto de ver a un hombre frente a mí, si que lo estuve --, dijo mientras aplastaba con sus sandalias los ojos que le miraban desde otros siglos.
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