domingo, 2 de diciembre de 2007

HOUSTON TENEMOS UN PROBLEMA

Imagen nítida frente al cristal de la verdad. Estoy solo. Nadie alrededor. Ni los fantasmas de antaño. Ni esos canallas para el acoso. Enfoco al espécimen. Mentón inglés. Nariz prominente. Pera de chivo. Un verdadero bacán de ojos hundidos. Esa proyección del espejo soy yo. Un drogo en el concepto. Nada menos que un muerto viviente para mamá. Oigo voces en la intemperie. Gritos ahora. Mis vecinos que se matan.
Me visto. Jeans ajustados, una chaqueta de cuero resaltando sus jirones plateados. Zapatos relucientes que bailan sin mi consentimiento. Montados sobre el tabique de mi nariz unas gafas oscuras en el remate heavy. Siento lo heavy corriendo por mi piel. Advierto la respiración de un engendro a mis espaldas.
Quiero sangre, dicen las voces atrapadas en mi interior. Alguien debe responderle. Continúo en la carrera. Cuesta meterme los jeans pese a todo. Patas pa’arriba, patas pa’abajo. Hablo solo. Me parece raro. Estoy loco. Nadie lo niega.
Sigo creyendo en el Diablo, digo. Un poco de gel en la cabeza de mis veintitantos y estoy en camino. La creencia se hace presente en todos lados. Estoy loco otra vez. Sumado a la anterior me convierte en un reloco.
Mido consecuencias, analizo mis espacios. Llego a una conclusión. Un conchudo, en eso me he convertido hoy por hoy. Un maldito conchudo del día Sábado. Sé que mañana tendré que tolerar la resaca malvada. Dolor de cabeza, martirios agregados y otros eventos de la penitencia marciana. Un combinado de maldad.
Confesión número uno: No me quiero lo suficiente. Confesión número dos: Satanás es mi ángel de la guarda. Confesión número tres: Mi vida es una mierda. Confesión número cuatro: Percibo que me han estado cagando desde todos lados. Confesión número cinco: Tengo claro quienes son mis enemigos. Confesión número seis: Hay que matarlos a todos, que nadie se salve.
Odio el número siete. No tengo confesión para ese número. Elucubraciones de un loco feliz, digo con mueca lobuna en mis cejas. El kerosene de los automóviles penetra mi ventana. Me estremezco. El olor mata diez millones de neuronas. Eso no importa. Ultima mirada al espejo. Con tanto gel en la cabeza parezco un vampiro galáctico. Un portazo de los cabrones. Vidrios quebrados. Alguien grita. Salgo a la calle. Miles de conchudas esperando su minuto de atención. Cruzo la calzada. Se me dobla el tobillo. Como odio ese asfalto mal ejecutado. Vehículos que vienen. Vehículos que van. Una estación llena de hormigón. Metro arriba y Metro abajo. Puertas que se abren y puertas que me pegan en la narizota de cabrón metalero. Chuchadas en la contra. Miradas de sicópatas que matan. Chaqueta cruzada de antílope con cinco papelillos de coca. Minas y más minas que se retuercen del frío en los carros. Miedo en los viajeros. Mujeres solas temblando. Carteras cerradas. Muchas carteras. Ojos que observan. Paquetes aferrados. Cuidado, ladrones al acecho. Celulares en concierto. Beethoven en la llamada. Beethoven que se fríe en el celular. Un par zorras ríen con pocas ganas. Tragan el aire esterilizado del Metro. Tragan lo poco que les va quedando. Cuidado: Frenos última generación. Afírmate que te descrestas. Maletines negros caminando. Música en las orejas. Diarios extendidos. Estoy en el paraíso. Aborrezco el letrero de la estación. Letras góticas. Lagos contigo. Al lado una fotografía retocada. Un presidente de boca hinchada a punto de convertirse en un calvo sin retorno. Más abajo, la última del candidato. Crecer con igualdad. ¿Qué es eso?, pregunta una vieja cartonera. Mierda politiquera, replica el del aseo. No le creo al mentiroso. Lagos que nos caga. Mi voto vale hongo. A nadie le interesa. Todos debemos morir algún día. Todos menos yo.
El Metro que se dibuja en el túnel. Un carro lleno de mujeres. Viva Chile. Que se mueran los canallas. Metan presos a esa tropa de ladrones, grita el santo padre desde Pisagua. Lagos aún sonríe con esa mueca sarcástica. Que se mueran otra vez, insisto. El jarrón aún no aparece. Ese hombre no sabe nada. Ese hombre se está haciendo el huevón.
Lo mío es otra cosa. Lo mío va por el intento de preservación de la especie. Lo mío camina por el instinto de reproducción. En la dura. Busco un par de minas con intenciones. Proyectos macabros crecen en mi mente. Minas en el frente. Les meto la mirada de puto internacional. La sienten. Ellas me devuelven la ojeada. Videamos juntos. Sexo virtual. Sonrisas abajo del Metro. Risitas de despedida. Una seña en el adiós. Dolor adentro de mis pantalones. Las llaves muelen mis bolas. Sufro. Transpiro. Malestar intenso. Meto mi mano y desmadejo las pelotas en el calzoncillo. Alivio testicular. Pienso la alternativa. Compraré otros. Unos más sueltos. Que sé yo. Un Bóxer hamaqueador de pelotas. Quizá. Sería lo más adecuado. Aunque inconveniente para un cazador furtivo.
Calles y más calles. Hoyos y más hoyos en las calzadas de Santiago. Respiro smog. Trago alquitrán. Chuchoneo al medio ambiente. Alcalde de papel. Gobierno exorcizado. Casas en trencitos de Hucke. Gente hacinada. Odio al ministro de vivienda. Pienso en un mundo mágico. No más cajas de fósforos, le grita un constructor civil desde Alto Hospicio. Un cigarrillo se me cuela por la boca.
Letrero luminoso a punto de matar unos cuantos. Una leyenda que invita. Casa de Masajes de la doctora XXX Lyon. Una puta con nombre de avenida. Las tres equis van por el anonimato. Lo de Lyon va por lo de leona insaciable. Digo lo que no quiero. Santiago se me desploma en la piel. Son miles haciendo colas para su postulación. Santiago me hace vomitar. Que hueá. Vomito. No hay caso. Intestinos afuera. Aceras hecha mierda. Reniego esta ciudad del anticristo. El sol se muere. Nadie escucha. Cuidado, cruce peligroso. Evangélicos en el sermón. Hay que estar alerta. El mundo se viene abajo en cualquier momento. Discursos inútiles. La salvación está allí. Con ellos. Me interesa menos de lo que parece. Dios me observa. ¿Me amará algún día? Por lo que es hoy, no me parece. Yo le extraño. Es necesaria una existencia así. Me cuesta creer. Algún día.
Letreros y más letreros. Ofertas. Liquidación. Ellos compran. Que otra cosa cabe. Mi gel deja sus efectos neuronales. Aspiro. Me repongo de la empolvada. Sigo embalado calle abajo. Estoy acostumbrado. Mi nariz sangra. Adrenalina al máximo. Venas llenas de narcóticos. Ojos de drogo. Postura de encabronado. Mañana la resaca me matará. Ya lo dije. Vivo la víspera. El mañana no existe.
Necesito una mina. Digo desconsolado. Pero una mina para el crimen, agrego con angustia. Una mujer malvada. Que me saque las tripas, que me destroce el alma. Repito mi historia. Un local en la visión. Pienso en el cartel de entrada. Toppless Morbos. Te esperamos. Serán saciados todos tus bajos instintos. Morbos, dice el cartel. Nombre maldito. Minas en la entrada. Huelo el perfume de puta callejera. Minas que descubren mis bolsillos. Ojos al acecho. Manos que se mueven. Perros que aúllan. Es una larga noche. Un cohete viajando al ciber espacio. Estoy decidido. Atravieso la frontera de la quinta dimensión.
-- Tenemos cuarenta minas buenas pa’la goma--, dice el cabrón del acceso.
-- ¿Verdaderas artistas del Rosen y de buena presencia? --, replico.
Hay algo en el ambiente que me impide creerle. No le creo. Cigarrillo en la boca.
-- Estas son educadas monsieur. No son iguales a las otras de Morandé --, repite.
-- Nada más me interesan los culos impresionantes --, sentencio.
-- Eso no es ningún problema --, agrega el cuidador de las lobas.
-- Tus minas se desvisten solitas y no piden propinas --
-- Usted es sordo o me quiere huevear --, grita el que se viste de payaso.
-- Hey cabrón, no quiero cuentos tétricos, ni huevonas lloronas que me enreden la salida --, hablo sin muecas. No hay tripas afuera. Pose de cabrón malo. Manos en la cintura. Ojos de carnicero. Ese soy yo.
-- Váyase a la chucha su huevón complicado --, grita en media cuadra.
-- Solo putas ordinarias tenís conchetumadre --. Contradigo.
-- Así que querís guerra. Otro pelotudo más --, dice con el chiflido de auxilio.
Horizonte macabro. Una docena de criminales. Respiro. Un nuevo papelillo. Aletas de la nariz abiertas. Sangre en revolución. Ahora escapo. Otro cigarrillo. Otros humos. Pulmones calientes. Lengua insensible. Un par de pasos más. Otro letrero. Calígula, el del caballo erótico. Cinco patas en el animal. No hay minas afuera. Tampoco un cabrón en el acceso. Otro cartel lleno de dibujos freak. Espectáculo único, llegado recién de Europa. Mujeres por todas partes. Acá usted no se aburrirá. Entre, sin temor. Música al fondo del pasillo. Aún no veo minas. Aún me vienen las ganas de volar de aquí. Un puto se acerca. Trae chaqueta de zorra californiana. Es un negro del tío Tom. Un hijo de Satanás desenterrado en un cementerio de Nueva Orleáns. Hocico grueso y sobresaliente. Salivas en el hablar. Espejuelos de alcahuete.
-- Busca entretención, señor --, pregunta el negro meneando su jeta gruesa. Se las da de amable el muy puto.
Silencio en la órbita. No hablo. Una pitada de cigarrillo. Humos a estribor. Estamos en órbita.
-- Amigo, le informo el menú: En caso que busque minas exquisitas, tenemos unos cueros importados, peludas de sabrosas las comadres. Cero complicaciones para el nene --
Silencio mayúsculo. Fumo sin más. Una condena. No muevo la cabeza. No quiero hablar. Asqueo el lugar. El negro sigue con su historia. El negro brilla. Ojos y hocico es el negro. Ahora gesticula. Mohamed Alí es su ídolo.
-- Si nos vamos por Detroit, le tenemos unos putos recién llegados de Namibia. Entre treinta y cuarenta centímetros de pichula de lo más negra que haya visto. Estos negros mean a dos metros del urinario. Un par de periodistas de la televisión vinieron a visitarlos y aún no se pueden sentar frente a las cámaras.--
Risas y más frío en las orejas. Otra pitada. Papelillo abierto. Polvo en el aire. Quiero guerra total. Pupilas dilatadas. Estoy vivo otra vez.
-- Ahora si me viene con el cuento de ser ambidiestro en lo de las inclinaciones sexuales, le tengo otro menú: Le ofrezco una pareja de huevones degenerados que harán palidecer sus membranas del asombro. Se hacen llamar “Puñales dorados”, por lo del afilamiento en ambos costados de la cancha. Lo de dorado es por lo caro del servicio.--
Me aburre la conversación. Respiro poco. Otro cigarrillo que enciendo. Siento ganas de patear al desgraciado. Fósforo ardiendo. Una chupada en la punta. Aspiro el humo. Calor de muertos. ¿Dónde están las minas? Canta Mick Jaegger pese a sus sesenta y tantos. Alguien grita en el fondo. Otro ladrillo en la pared.
-- Putas que es callado usted mister --
-- Busco minas calientes y funde catres --, respondo.
-- Putas, si hubiese hablado antes. Me tenía asustado. Pensé en otro maricón en la ronda --, dice con sorna. Le meto una de las miradas asesinas. El negro hocico de payaso retrocede. Ve mi arsenal que escondo bajo la chaqueta. Revolver cuarenta y cinco oscilando. Balas de titanio. Nada de plomo. El tatuaje en mi frente le intimida. Le maté trescientas neuronas africanas.
Entro. Pasillo interminable. Colores de la carne. Brillos artificiales. Ninguna mina. Respiro marihuana. Un portal inmenso. Dos perillas cabronas. Un citófono. Una voz que habla. La mierda de cahuín.
-- Que entre el nuevo socio --, dice la voz desde el infierno.
-- Me imagino que no será poli –
-- No, jefe. Este socio es de los nuestros --, responde el negro jetón.
La puerta abierta. Luces estroboscópicas. Mis ojos sufren. Música de la puta madre. Por fin veo minas. Es un lugar lleno de minas. Se acerca la más alta. Llama la atención con su estatura. La miro. Le meto mis ojos de sádico lleno de ácido. Ella se hace la intimidada. Es una santa madona de un metro ochenta.
Unos manotazos en la espalda. La palma del africano hace su trabajo. La están dando, soy el huevón nuevo. Entramos en confianza.
-- Saca la mano de mi espalda negro conchetumadre --. El negro ya no ríe. Ahora tiembla. Traga eso de irse a la cuna de su existencia. Escucho una réplica llena de chuchadas. Es el negro impotente que recuerda a su Missisipi en llamas.
-- Tome asiento, que le atendemos enseguida. –, dice otra voz del infierno.
La música continúa. El aroma a Paco Rabanne ronda los escondrijos. Medias elasticadas. Faldas cortas. Labios pintados. Putas de temer. Un trago en mi mesa. Guerrilleras expertas en el cuerpo a cuerpo. Menean el trasero. Lo saben menear. Se sacuden los trapos. Cindy, Carola, Maitén. Tres hienas al acecho. Un dedo las saca del lugar. Un enano obeso anuncia. El espectáculo viene. Espérenos cinco minutos repite el calvo de los tragos. Europa bailará en el escenario. Un par de litros de cerveza se acumularon en el depósito. Me duele la vejiga. Tengo ganas de mear. No aguanto más. Me levanto. Camino. Un letrero luminoso intenta permanecer encendido. Caballeros, dice el cartel. Empujo la puerta. Adentro ya. Una visión extraña. Un par mocetones se están dando duro encima de los lavatorios. Mariconeo sabático. Siguen en lo suyo. No me toman en cuenta. Lenguas enredadas. No existo para el dúo dinámico. El letrero no es acertado. Estos no son caballeros. Una pareja de mariposas sueltas. Me equivoqué de lugar. Urinario blanco. Saco mi verga. Unos segundos de espera. El chorro que viene. Descanso en el desagüe final. Sacudo. Alguien observa. Giro mi cabeza. Es la pareja que mira mi pedazo. Hicieron un descanso. Uno saca su lengua. La pasa por el contorno de su boca. Luego me tira un beso en el aire. Risas y cuchicheos en el rincón gay. Luces negras.
-- ¿Guapo, quieres participar? --, pregunta el más depra.
-- Muéranse maricones de mierda. -- Digo. El par ríe como las locas que son. Cierre arriba. Mortero guardado. Salgo por fin. Me ahoga tanta cocaína en el pasillo. Busco mi asiento. El trago ha desaparecido. Un ladrón en el lugar. Reclamo. Otro trago por cuenta de la casa.
-- ¿Este es un club para hombres con la pichula en su lugar o entra cualquier huevón de los más maracos que hay en el país? --, pregunto al de los mandados.
-- Me parece que no leyó bien el anuncio en la entrada mi señor --, responde un gorila de dos metros.
-- Entrada libre, sin discriminación, reza el cartel. Así que nada de reclamos por favor. La cancha está rayada para los socios – reitera con cara de enemigo. Chetumadre. Repito. Maracos al ataque. Debo cuidarme.
Me trago el vaso. Tom Collins entrando. Garganta absorbiendo. Ya no quiero estar en un lugar así. Tom Collins en mi estómago. Alunizaje perfecto. Cambio y fuera. Mareos por venir. Ácidos trabajando en el interior. Una mina a mi lado. Recién la vengo a atender. Es la mina del metro ochenta. Tetas enormes. Culo redondo. En fin. Un trasero raro. Agrega un perfume francés en su largo cuello. La miro. Me mira. Sonríe. Me acerco. Se acerca. Chocamos con las piernas. Ríe como huevona que es. Esquivo la réplica. Ríe otra vez. Huevona atarantada. Pienso. Pide un trago. Le concedo un Campari. Un boludo vestido de pingüino lo trae. Trago en la mano. Plata en la bandeja. Son cinco lucas nomás. Mina en picada. Trago falso. Jugos Caricia. Pago en un rato más. No se preocupe profesor. Don’t worry. Be happy.
-- Por si quieres saberlo. Me llamo Karla, con K de kaliente --, asegura con el perfume saliéndole por los poros. Dudo. Mis instintos se sublevan. Luces amarillas. Miro sus manos. Son grandes. Dedos gruesos. Mucha depilación. Precaución, peligro en la vía láctea. Consulte cualquier duda en informaciones.
-- La verdad, que no me interesa.--, digo con ganas de meterle mis manos ya. Las incertidumbres persisten. Ya no quiero meter mano. Amaino. Estoy perplejo.
-- Una pregunta. --, reincido. Mina que mira. Desconcertada. Expectante.
-- Dime cariño, soy toda oídos --. Ella espera. La duda persiste. Manos en espera.
-- Por casualidad no eres un maricón vestido de mujer. Mira que en el baño encontré un par de temer --, pregunto con otras intenciones. Se ofende. Saca un pañuelo. Intenta convencerme que llora. Teatro callejero. Que soy un maldito abusivo. Ella es una mina de verdad. Lo dice acongojada. Una verdadera dama. Repite su rosario. Se incorpora. Levanta su corta falda y me enseña su coño peludo. Es lo que alcanzo a distinguir. Luego las tetas. El culo no. Dice con emoción. El culo no. Que eso tiene dueño. Es un tesoro para su pareja.
-- Eres una mujer de verdad – le asevero. Soy condescendiente. Pero no creo lo que estoy diciendo. Sé que la verdad va por otro lado. Otra pregunta. Otra suspicacia que mata. Nadie me puede salvar. Sé que me sacarán a patadas de allí. Tiro mi interpelación. A la chucha toda la cancillería. Soledad Alvear que se pierda en Irak. Esto no va a resultar. Mal pronóstico. Humos al norte.
-- ¿No eres de esos maricones operados?, mira que en noches así pasan colados los muy pervertidos --.
Sé que no hay caso. Esta mina grita. Está llamando. Alerta, explosión inminente. Tiemblo yo ahora. Dos gorilas en la ronda. Creo ver un bate de béisbol en las manos. Un pelotudo con cara de enfermo. Houston, tenemos un problema. Deterioros en la nave. Ambiente hostil. Marcianos al ataque. La orden del día: Maten al loco. Mamá sálvame del monstruo. Mina histérica. Estoy a merced.
-- ¿Qué mierda le está insinuando a la señorita? --, pregunta el de las ligas mayores. No hay respuesta. Insiste. Muestra sus dedos de enfierrador.
-- ¿Le molesta algo de la señorita que gentilmente le mandamos?--, consulta con los ojos llenos de sangre. Tampoco tengo respuesta. El miedo se acaba. Un brillo perverso crece en mis ojos. Crimen suburbano en gestación. Un criminal en potencia me está mirando. Un huracán de cinco megatones en los ojos. Atisbo un crimen de la puta madre. El gorila es un asesino en serie. No va conmigo. Me cago en el piano.
-- Para mí tú no existes cabrón --, le digo. El interrogatorio persiste. Juego de ajedrez. Peón al ataque. Alfil defendiéndose. El rey se pega un salto con la reina. Cae una torre. Dos caballos al ataque.
-- Responde ahora, puto mala clase. Esta mina, es mi mina. No voy a aceptar que un pendejo lleno de cueros me la venga a insultar. ¿Entendiste conchudo? ¿Por casualidad leíste el cartel de entrada? --, dice, luego resuella su impotencia.
Recuerdos en primera instancia. El tesoro de la metro ochenta se lo sirve el gorila lleno de anillos de oro. Un culo raro para el gorila. No retrocedo. Me obliga a contestar. Vacilo. Tengo las palabras. Respondo. No respondo. Salen vocablos al aire. Chúpate esta. La verdad aunque duela, es necesaria.
-- Alguien me quiere meter un maricón por una mina de verdad. No existen minas tan grandes ni tan manotudas como ésta. Cacha la espaldita que tiene. Revisa bien el catálogo, que me está pareciendo que te cagaron viejo. En una de esas, esta mina le mete la goma a cualquier huevón que se le quede dormido –
Simio asimilando el golpe. Mono pestañeando a mil. Insiste con lo de su mujer de silicona. Porfía el muy bravucón.
-- Debe usted entender que estas mujeres fueron seleccionadas por un bailarín del Conservatorio de la Municipalidad de Santiago. Luciano Lassalle dio su opinión final antes de morirse de sida. Esta es una mina de verdad --, reitera con un golpe en mis hombros.
-- Mira gorila conchetumadre. No pesco maracos ni boludos impotentes como vos por muy bailarines de ballet que sean. Ahora déjame en paz. Termina el teatro. Quiero ver el espectáculo que trajiste de Europa ¿Ya? Métete tu mina por el culo que yo no la pesco, ni le pago el trago --
-- ¿No le vas a pagar el trago a la dama? --, me grita en la cara el compañero de Tarzán.
-- No le pago tragos a maracos operados ni a ningún hijo de puta que se le parezca. ¿Te queda claro King Kong? –
-- Conque no le va a pagar el trago a la señorita. Nunca te enseñaron buenos modales pendejo mal nacido. Estás en un lío. No te salvas de esta --
El simio sintió el misil. Eso duele. Peluda la cosa, dijo. Peluda ¿No?
-- Tenemos dos maneras de hacer pagar las cuentas monsieur. Una es sin dolor. Es obvio el sistema ¿no? La segunda ni te la imaginas conchudo. Ni te la imaginas --, dice con el éxtasis en los ojos.
No lo pesco. Le tiro el humo de mi cigarrillo en la cara. Silencio. Retrocede. Llama a los otros. Una reunión de gorilas. Esperan el grito. Kigara Bundolo. Simios al ataque. Chimpancés fumando. La flaca de las manazas continúa mirándome con cara de ofendida. Sonrío. El gerente cruza el lugar. Frases al oído. Contubernio con el australopitecus. El bate de béisbol oscila entre la concurrencia. No me urjo. Sé de estas escaramuzas. Conozco estos putos ambientes. Gerente que grita. Gerente que fuma. Espectáculo por comenzar. La flaca aspira su Viceroy. Quiere sangre. Me odia. Sáquenla de aquí. Empolva su nariz gruesa. Mick Jaegger canta en la tercera edad. Grita su dolor el muy cabrón. El enano de la panza prominente en el escenario. Gerente que apura la causa. Silencio. ¿Qué hacemos papi? ¿Matamos al desgraciado? ¿Lo tiramos al fondo del río?, puta, decídase que no aguanto más. Por fin habla el mono mayor. No es para tanto. Asegura. Un par de patadas por las bolas después del espectáculo. Nada más. No quiero problemas mayores. Dice casi convencido. Nada más. Podría ser poli. Repiten todos. Miren su revolver. Mueven sus gruesas cabezas. El blanco: bolsillo interno de mi chaqueta. Es un revolver. Dicen. No saben. Yo sí lo sé. Espectáculo traído de Europa en el escenario. Todos a sus lugares. Minas Blancas por el escenario. Culos importados de Francia. Prostitutas de sangre azul. Anuncios pantagruélicos. El calvo se excita. Un trago para mí por cuenta de la casa. Que cagada. No lo tomo. La huevá tiene algo que burbujea en el fondo. Gorilas en el mariconeo. No saben. Lo tiro al piso. Nadie se entera. Escupo arsénico. El escenario se ilumina. Arriba de las tablas: Michael y Yorka, la trapecista. Saludos a la honorable concurrencia. Una pitada a mi cigarrillo. Pulmones calientes otra vez. Ojos que saben mirar. Luces que huevean en la intermitencia. Por fin Michael y Yorka se mueven. Nombres peludos. Me suenan a falsos. Estos son indios teñidos. Pienso en la estafa. Aguzo la mirada. El trapecio en el piso. Anuncian desde la platea. Michael baila, Yorka lo observa acostada en una colchoneta. Michael le mete una embestida. Yorka se mueve. Exhibe su trasero redondo. Michael muestra el suyo. Luego se juntan en la colchoneta. Michael tiene los ojos pintados, Yorka no. Michael tiene pinta de puto televisivo. Yorka una cabrona del barrio Bellavista. Ella se saca la faldita. Muestra sus tetas sicodélicas. Tetas producidas en el camarín. Michael se estimula. Se nota. Miente en la calentura. Michael quiere levantar su pinga. Yorka le mete la mano. Mira al público. El público la mira también. Sacude esa masa de carne. Tres docenas de tiritones. Yorka tiene hambre. Michael pone cara de bruto en celo. Levanta sus cejas pintadas. Yorka le mira su pinga amazónica. Se sonroja. Michael toma la cabeza de Yorka y la lleva hasta su salame. Yorka logra lo que quiere Michael. La pone dura. La pone tiesa. Cambio de luces. Se estira. Se alarga. Es una barra ahora. Otro cambio de luces. El público se asombra. Putas el huevón superdotado, gritan todos. El público no lo puede creer. Sobresaltos en la platea. Fumo una vez más. Michael se levanta con sus cuarenta centímetros de herramienta oscilante. Yorka baila. Yorka no será capaz. Dicen los de atrás. No será capaz de qué. Pienso. No se tragará ni la mitad. Yorka no acepta sugerencias. Michael reincorporado muestra su indumentaria. Michael es un monstruo llegado del espacio. Un marciano pichulón. Michael se sube a una silla. Pasa su verga por encima de Yorka. Ella se agacha. Un par de cordeles. Un par de amarras. Ataduras en el miembro de Michael. Dos cordeles cuelgan de esa culebra marciana llena de venas hinchadas. Una tabla en los extremos. Un asiento pendular. Un columpio atado a esa verga. Yorka que se sube. Yorka que se balancea en esa mole de carne. Aplausos del respetable. Michael soporta el peso. Son duros esfuerzos. Michael no aguanta. Transpira. Pide auxilio. Yorka se baja. Yorka le ayuda. Tiembla. Desenreda el cordel. Michael está viejo, dicen los de atrás. Búscate otra guaraca. Repiten los de la barra. Yorka saca su sombrero y pide la recompensa. Michael sale en una camilla. Imbécil. Digo. Un imbécil con guaraca muerta. Aplausos piden. Nadie hace caso al gordinflón pedigüeño. Una verga extinta. Silencio en el escenario. Un funeral sorpresivo. Un muerto sin ojos. Otra mujer a mi lado. Quiero estar solo. Le digo. Manos temblorosas. Otra mujer que se levanta. Se va. Alguien que mira en la oscuridad. El espectáculo debe seguir. Preparándose el filósofo Kimba y Sussy, la aprendiz. Otro numerito sacado de los cuentos de la Cripta. El último sorbo del trago. Me levanto. Esta huevá me aburrió. Digo. Camino. Noche larga. Pasillo largo. Luces que se apagan. Estrellas muertas. Aroma intenso. Marihuana en mis narices. Una mano en mis hombros. Son cinco dedos de Jamón. Uñas de cafiche. Una voz de ultratumba. Una sentencia. Me tiran de las mechas. Me arrastran en el sendero. Me patean en los riñones. Son tres los gorilas concertados. Una mujer se da su tiempo. El del saco ajustado ríe. Sus salivas me retuercen. Golpes en las costillas. La mujer chilla que me maten. Está loca. Es alta. Tiene anillos en todos sus dedos. Aros de bruja africana.
-- Hemos venido a cobrarte la cuenta cabrón. Te lo dije. Nadie se va sin pagar --, grita el de las manos de enfierrador. El gigantón me tiene ganas. Me va a matar. Está encima. Me ahoga. Alguien mete su mano en mis bolsillos. Mi chaqueta cede. Sacan todo lo que se les ocurre. Ríen. Cuentan. Son Ochenta mil. Una ensalada más de patadas y puñetes por la cabeza. Que rico es patear a los huevones que no quieren pagar, gritan a coro. ¿Cuándo te dai otra vueltecita por El Calígula?. Luego cantan mientras patean mi chaqueta de cuero. A lo lejos alguien grita.
-- Tiene un revolver escondido, tiene un revolver --
Reunión colectiva. El arma en poder del enemigo. Gorilas en discusión, luego las risas. Luego el vendaval.
-- Esta huevá es un revolver de juguete --, dice el simio de dos metros al momento de meter el cañón en mi boca.
-- Conque dándotelas de puto malo, cabrón. No te alcanzaba ni para jilguero. Esta huevá es de mentira. Muéstrame, donde está el titanio. ¿Dónde? --
Más risas en el horizonte. ¿Qué hacemos?, dicen a coro. Nada simpático. Se aburren. Esto no da para más. Al rato se van reventando los balazos de fogueo. Recuerdo a mi vieja. Tenía un revolver espanta gatos.
Una larga sombra que se acerca. Quiere hablar también. Inicia su participación con el taco de su zapato brujo en mis costillas. Tira de mi cabellera. Me arrastra otro poco. Sacude mis entrañas. Me araña el rostro. No sabe que hacer.
-- Sufre ahora desgraciado. Me insultaste. Estoy dolida. Eso nadie me lo había hecho antes. Ninguna muestra de desprecio --, sentencia la mina del metro ochenta. Aros tintineando. Boca embetunada con lápiz labial.
La voz es la misma. El porte es igual. Las manos son robustas. El mentón es cuadrado ahora. Los afeites escasos. Zapatos en punta. Puñetes en la nariz. Anillos con calaveras. Duele el tabique. Esto duele. Grito. Nadie al auxilio. Me agarran. Vuelo por el aire. Un viaje hasta los tarros de la basura. Estoy en la calle. Sangre en todos lados. Sangre en mis ojos. Dos dientes menos. Un corte en la sien. Intento levantar mis huesos. Cuesta. Difícil la operación. Alguien se acerca. Otra vez la visita. Metro ochenta a mi lado. Encima de mí. Me observa. Me acosa. Saborea la golpiza. Sonríe. Siembra satisfacción. Metro ochenta tiene un nombre. Se llama Karla con K.
-- ¿Tenías dudas, huevón busca pleitos? Mira lo que tengo colgando. Míralo bien. Que no se te olvide nunca —, asegura la mina con voz de hombre mientras muestra una verga reseca. Metro ochenta con una sorpresa. Houston encontramos marcianos. Houston, estos marcianos son agresivos. Esperamos instrucciones.
-- Yo soy una experta en esconder apéndices indeseables, cariño. Pura técnica de transexual, de un profesional. Un estirón debajo del culo y se pierde el gusanito molestoso. Incomoda un poco la huevá pero a veces me sirve el truco --, asegura con sus bolas colgando la que fuera una cabrona de compañía en lo dentro del Calígula.
-- ¿Cómo descubriste que yo no era una mujer a cabalidad? Dímelo ya, que me tienes en la incertidumbre total. No sabes que demoré unas tres horas en convertirme en una doncella de cuento. Una Barbie latinoamericana. Me cagaste la noche con tus opiniones fuera de lugar. —. Dos patadas más en mis costillas. Debo contestarle al engendro lunático. Está obsesionado en la pateadura. Me tiene ganas. Contesto su pregunta.
-- Fue el aroma el que te dejó en evidencia, engendro de marica. El maldito perfume de maricón decadente que te pones debajo de los sobacos. Los hombres siempre serán hediondos por muy fletos que sean. Las ganas jamás te convertirán en mujer. No tienes salvación, naciste con un pito entre las piernas y no puedes sacártelo de ese lugar. Morirás así, maricón repugnante –
-- Mira cariño. Solo tres días más y un cirujano llegado desde Brasil, sacará de mi cuerpito toda la carne que está sobrando, bolas incluidas y cuarenta inyecciones de hormonas clonadas a la Cámeron Diaz. Las tetas ya las he seleccionado. Implantes de silicona cariño. Silicona importada. Hasta yo me excitaré al verme frente a un espejo. Odio esta condición de macho que no merezco. No sabes el dolor cariño. Quiero ser una mujer hasta por el culo — Otra patada en mis espaldas. Me retuerzo. Tengo ganas de levantarme. No puedo. Sufro. Sangro.
-- Esa va por comportarte tan mal con una dama. Debes tratar bien a las mujeres como yo --
-- Muérete maricón del demonio. Púdrete en el infierno –
Grito con pocas ganas. La que fuera mujer, se levanta la falda. Saca su desperdicio y me tira su meada sin asco. Risas. Llantos. El frío que viene. El viento silbando. Vomito. Tripas en el piso. Cierro mis ojos. Me las van a pagar los muy cabrones. Grito. No me queda más que gritar.
-- Malditos hijos de puta. La peste se encargará de ustedes --, digo. Reniego. Maldigo toda su familia de fletos. La puta no era eso, dice una sombra. Se van. Sombras que desaparecen. A mi lado descansa un bate de béisbol. Un madero diferente. Un bate que se parece a lo de Michael. Lo acerco. Lo miro. Una punta esculpida de un glande de goma. Ese no es un bate de béisbol. Pinga de madera. Testículos tallados. Los cordeles del columpio están en el otro lado de la basura. No tiene caso. No es posible soportar tanto engaño. Michael pasa a mi lado. Me mira. Sonríe. Yorka entra al baño de caballeros. Se tira una meada parada. Luego sacude. Michael sigue su camino. Michael se detiene. Me toma de la cabeza casi con compasión.
-- Eso te pasa por mala sangre. A los colas hay que respetarles --, dice con sus manos femeninas afirmando un moño de mujer. Viste faldas ahora. Cartera bajo el brazo. Lápiz labial en su boca de artista circense. Error en el lanzamiento Houston.
-- Nunca entres a un local lleno de sorpresas mi amor--, dice Michael mientras menea su trasero gordo. En el baño de caballeros Yorka vuelve a sacudir su instrumento sin ningún miramiento. Todos se van. Todos se olvidan. Estoy solo otra vez. No quiero moverme. Miedo. Terror. Quiero dormir. Un sueño largo. Una pesadilla sabática. Calígula se divierte en el infierno. Detrás de la sangre veo el horizonte. Ninguna mina. Ninguna.